Votar o no votar, ese es el dilema

Votar o no votar, ese es el dilema

Según una encuesta realizada por CID Gallup en el mes de septiembre recién pasado, el 51% de los nicaragüenses encuestados respondieron que irían a votar en las próximas elecciones, un 17% dijo que era algo probable, el 31% expresó que era poco o nada probable que saliera a votar y un 1% no dio una respuesta.  Es decir, si sumamos los grupos “muy probable” y “algo probable”, el 68% de nicaragüenses estaría dispuesto a ir votar el 7 de noviembre. Según el mismo estudio, el 65% de las personas encuestadas votaría por el candidato opositor contra el 19% del candidato sandinista. Cuando se les consultó qué tan importante consideraban que eran unas elecciones libres el 79% respondió que era importante. 

Puedo interpretar esto de dos formas: 1) mayoritariamente los nicaragüenses consideran que una posible salida a la crisis sociopolítica debe darse a través de un proceso electoral y 2) que una buena parte de los votantes estarían dispuestos a votar por cualquier opción que consideren “menos peor” que la del FSLN en estas próximas elecciones.

Otro dato interesante que arroja la encuesta en cuestión es que se desmiente que el abstencionismo será la norma en estas eventuales elecciones. Solo un 31% respondió que poco o nada probable es que vaya a votar. De esta manera, a pocas semanas de realizarse las elecciones, podemos apreciar la campaña del “no voto” impulsada por la oposición no está posicionándose en la sociedad nicaragüense. Y creo que en buena medida se debe a la poca representatividad y legitimidad de muchos actores de oposición y porque no hay las condiciones necesarias para una campaña abierta al no voto por la represión a lo interno del país.

Por otra parte, el 56% de los nicaragüenses encuestados opinan que tienen nada/poca confianza en el CSE para organizar las próximas elecciones. A pesar de esa desconfianza hacia el CSE la mayoría de nicaragüenses están considerando votar. Resulta ser que el analista Carlos Pérez, miembro de Propuesta Ciudadana, tenía razón al predecir que en algunas entrevistas que el FSLN de participar en unas elecciones libres y transparentes podría terminar como segunda o hasta tercera fuerza política después de las elecciones y por temor a este resultado cercenaría el proceso electoral, como en efecto ha ocurrido.

Solo en los últimos meses, contando desde mayo a septiembre, el FSLN perdió 24 puntos. En mayo del presente año tenía un 32% de preferencia partidaria y este se redujo a un 8% en el mes de septiembre. Pero la situación de la oposición no ha mejorado, tampoco. Un 5% respondió tener preferencia por CxL y un 2% por la UNAB. Es interesante que a pesar de la pésima gestión del gobierno de Ortega en estos tres años ningún grupo u organización política opositora pudo superar al FSLN en preferencia.

Esa drástica reducción en la base partidaria del FSLN es un indicio que dentro del propio sandinismo hay descontento hacia el gobierno. La corrupción en las filas del partido y las instituciones gubernamentales, el desplazamiento de los liderazgos históricos en cargos de confianza por testaferros y la insostenibilidad económica para mantener el aparato clientelar pueden ser algunas de las causas de la reducción de la base sandinista.

Ese descontento hacia el gobierno de Ortega refleja la posibilidad de optar por otra opción política en el poder y sería una enorme oportunidad para la oposición, utilizarlo a su favor, si consideramos que buena parte de las bases sobre las que se sostiene el régimen son los simpatizantes del FSLN y los trabajadores del Estado. Una implosión a lo interno del propio partido y en las instituciones públicas facilitaría el camino a una propuesta opositora.

A un mismo tiempo, el 77% de los nicaragüenses no tienen preferencia partidaria. La gran mayoría de nicaragüenses no encuentra ni en el FSLN ni la oposición una propuesta que solucione sus problemas. El hartazgo hacia la clase política nicaragüense es generalizado. El 72% considera que Ortega nunca o casi nunca hace lo mejor para el país.  Esto nos demuestra que sigue siendo imperativo aglutinar una opción política con una propuesta innovadora que aporte soluciones a los problemas del país. Por supuesto, ninguna de esas soluciones vendrá del extranjero, depende exclusivamente de los nicaragüenses consensuar una agenda mínima para una transición a la democracia, estabilizar el país y solucionar todas aquellas problemáticas que aquejan a la población (corrupción, inseguridad ciudadana, violaciones a los derechos humanos, desempleo, covid-19, etc.).

Habiendo explicado un poco algunos de los resultados encontrados en la encuesta creo que la apuesta de la oposición al no voto es un desacierto por la siguiente razón: el “no voto” y el “quédate en casa” son una “acción” desmovilizadora. El voto es un derecho ciudadano y es un deber defender ese derecho, denunciar las anomalías que se dieran durante el proceso electoral. Por el contrario, llamar a no votar afecta a la poca o nula cultura democrática nicaragüense. La convocatoria a quedarse en casa es llamar indirectamente a “no hacer nada” en un momento en el que, por el contrario, lo que se necesita es “hacer algo” para salir de la crisis en que nos encontramos.

El 7 de noviembre pudo haber sido una enorme oportunidad para movilizar a la población a las calles para documentar, denunciar y exponer la falta de democracia, de opciones electorales y la eventual consumación de un fraude electoral. Si tomamos en consideración que en Nicaragua está suspendido el derecho a la movilización cívica, las votaciones eran la oportunidad para que 3 o 4 millones de nicaragüenses salieran a las calles como un acto de resistencia. El gobierno no tiene la capacidad logística como para cubrir a esos 4 millones de votantes en todo el país, por el contrario, se vería sobrepasado en su capacidad incluso para reprimir posibles protestas espontáneas que podrían presentarse.

Otra posibilidad de expresión popular podría ser el “voto nulo”, como acto de movilización, protesta y resistencia. El voto nulo puede utilizarse como “voto protesta” contra el sistema. ¿Por qué un acto de resistencia y protesta? Además de obstaculizar un posible fraude material, no dejando en blanco las papeletas para que no sean marcadas por operadores del gobierno, a través del voto nulo podría demostrarse que una inmensa mayoría de la población mantiene viva la aspiración de un cambio. Un CSE contabilizando que el 70% de la población votó nulo (aunque después maquille y adultere el resultado) es una demostración de resistencia y burla ante un intento de fraude. Para el régimen es más preocupante el hecho de que los nicaragüenses ejerzan su voto (por algo encarcelaron a candidatos/as a la presidencia y despojaron de personerías jurídicas a partidos políticos) que el hecho de que se queden en casa, sin oponer resistencia, porque les facilita el fraude material si fuera necesario.

En 2016 el abstencionismo rondó por el 70%. Las calles del país eran desérticas, pero Ortega consiguió legitimar esas elecciones ante la comunidad internacional y la oposición no pudo demostrar el nivel de abstencionismo porque no tenía actas electorales que probaran la abstención (aún con las calles vacías). Hay que entender que estas elecciones son ilegitimas por las acciones criminales del gobierno antes del 7 de noviembre y no por la elección en sí misma.

La narrativa de que salir votar es “legitimar” el fraude y que “con el pueblo en las calles” Ortega intentará hacer su farsa es una argumentación mediocre de una oposición que se quedó sin ideas. Las elecciones de noviembre solo tendrán como resultado la consolidación de un gobierno totalitario y la comunidad internacional utilizará los instrumentos jurídicos que les permite el derecho internacional para expresar su rechazo. Es solo es una cuestión de formalidad, parte del proceso, esperar a que ocurran las elecciones.

Por otro lado, si la opción electoral sigue siendo la apuesta de la oposición, llamar a votar nulo en las próximas elecciones hubiera reforzado esa opción ante los nicaragüenses, para demandar un proceso electoral con garantías y condiciones. Si un 68% de los nicaragüenses tiene la intención de votar, el 77% no tiene preferencia partidaria y el 79% considera que son importantes unas elecciones libres pues con el voto nulo la población podría ejercer su derecho al sufragio a través del voto protesta, deslegitimar a los actores en la contienda electoral, al no reconocerlos como opción de cambio, e impulsar nuevamente la salida electoral exigiendo la repetición de las elecciones en condiciones óptimas. Esa falta de visión para hacer de la adversidad una ventaja es parte de la mediocridad de una oposición que se da por derrotada.

Sigo considerando que las elecciones, con condiciones de transparencia e imparcialidad, son una mejor opción; si la contrasto con la propuesta de “exterminio” a través de sanciones que vendrían a afectar a toda la población e insistir en que la comunidad internacional nos resuelva nuestros problemas. La presión internacional, como máximo, podría provocar la realización de un proceso electoral con las debidas condiciones democráticas, pero no tendrá resultados satisfactorios si la oposición no logra articularse y sin existir presión real que las demande a lo interno del país. La solución está en Nicaragua.

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