Vivir con miedo

Vivir con miedo

Nacer mujer es vivir con miedo, muchas personas pensarán que exagero, que sí es un poco difícil, pero que no da miedo. Otras dirán que no es cierto, que yo miento y que debo ser de esas personas que tienen un problema para cada solución y no es así, lo digo porque así lo siento.

Soy una mujer joven, originaria del occidente del país. Cuando pequeña me cuidaba mi mamita (abuela), porque mi mamá trabajaba largas y cansadas jornadas, era doméstica, lo que ahora llamamos asistente del hogar y que por cierto cambiarle el nombre no generó ningún efecto, mismo trabajo, sin prestaciones de ley, mismo trato y misma explotación, pero ese es otro tema… A pues sí, como se imaginarán viví en medio de muchas carencias y, por loca que suene, las agradezco. En muchos momento me faltó alimento, salud, recreación, educación de calidad, afecto y orientación… pero así fue como supe como quería que fuera mi vida más adelante y que debía buscar la manera de servir a los demás, porque quien no sirve para servir, no sirve para: NADA, me decía mi mamita.

Y es en ese contexto que empecé a tener miedo, desde chiquita, cuando ya era noche y mi mamá no había llegado. Los niños y las niñas intuyen cuando algo no está bien y poquito después comprendí que sentía eso porque mi mamá de camino a la casa pasaba por una calle que era peligrosa y que existía el riesgo de que „algo-malo-le pasara“ (como si ese algo malo se lo hiciera ella misma) también supe que ser niña no era tan seguro, ni tan bonito, cuando en conversaciones de adultos escuchaba: “tiene que cuidarla, usted sabe con los niños no hay problema, pero con las niñas, ¡ufff!, son otros 100 pesos¨. Y desde esa época hasta hoy, puedo referirles muchísimas situaciones que me hicieron sentir que ser mujer da miedo y que el miedo que sentimos nosotras no se parece al miedo que sienten los hombres, pero fue el mes de abril del año pasado el momento en que lo que les digo se volvió un monstruo real, no solo para mí o para las mujeres, sino para todas y todos en mi país, sin distinción de ningún tipo.

En abril del año pasado, el gobierno de Nicaragua se quitó de una vez y para siempre la máscara, dejó de fingir, de engañar, dejó de violar, de secuestrar y de matar a escondidas para hacerlo de manera pública y sin límites, creo que sintieron que si lo hacían delante de todos, nos darían una lección y que el pueblo comprendería que todo debía estar como antes: normal. Tenían décadas de hacerlo, ¡pero que va a ser!… que se va indignando el pueblo y que se levanta y que se le vienen a él y a sus socios un mar de protestas y ante eso el gobierno resolvió con su forma especial de arreglar todos sus asuntos: PLOMO para el pueblo, que se traduce en Crímenes de lesa humanidad…y entonces quienes vivíamos en un letargo, porque estábamos bien ocupados, atendiendo a la familia, estudiando, trabajando, sobreviviendo y lógicamente no teníamos ni tiempo ni ganas de involucrarnos en política o teníamos miedo, nos despertamos, bañados con la sangre de nuestras hermanas y hermanos, con el llanto de toda la nación y sentimos MIEDO, ese miedo que como mujer yo desde hace tanto tiempo he sentido, miedo de ir por un lugar y que „algo-malo-me pase“, miedo de que le hagan daño a mis hijos,  a mi familia, miedo a que me golpeen, a que me violen y/o a que me maten  y miedo a que le hagan eso a otras personas, nadie debería ser capaz de hacer tanto mal, se me hiela el alma con solo pensarlo.

Y entre tanto terror, parece que nuestras vidas dependieran de la voluntad de otros, nos hemos creído débiles, que si esos otros, que son más grandes, más ricos o más valientes y no nos defienden, ya no habrá más nosotras y nosotros, pero como en casi todo, nada es lo que parece, y tenemos que reconocer que el miedo es una de las emociones más básicas y más productivas que como animales recién evolucionados poseemos y que lo necesitamos para autopreservarnos y para  proteger a los demás, es una emoción tan poderosa que se transfiere a lo físico, yo jamás me atrevería a decir: „no pasa nada, no tengás miedo“ o „todo estará bien, no tengamos miedo“, por el contrario no me parece natural, es incluso cruel, creo que en este momento ser nicaragüenses es vivir con miedo, pero debemos reconocerlo, sentirlo y  gestionarlo de una manera sana para que de él nazca el coraje, la fuerza y la unión con la que construiremos la democracia, la justicia y la equidad que nos merecemos, para que nunca más nos despertemos sabiéndonos rehenes y victimas de sufrimientos, sino libres y protagonistas del progreso.

Para que nuestros hijos e hijas no tengan que vivir con miedo, nunca más.