Un lugar para irnos

Un lugar para irnos

Mis recuerdos sobre Managua son pocos, solía venir cuando tenía que hacerme chequeos médicos. Managua es para mí aquel enorme aparato de resonancia magnética, un túnel que parecía trasladarme hacia la muerte. Desde hace dos meses vivo en ese túnel del que no puedo escapar, que puede estudiar mi cerebro y aflora las emociones del corazón. Managua es la rutina de las reuniones, los debates interminables sobre la crisis, sobrevivir a las precarias condiciones económicas, los niños que se ganan la vida lavando parabrisas, la temeridad de los conductores al conducir y la irresponsabilidad de los peatones al cruzar las calles.

Buscamos un lugar a donde ir para enamorarnos. No se deja de enamorarse aun estando en dictadura. Me sé unos cuantos chismes de algunos cuernos, eso en otro momento los voy a contar. La mayoría somos chavalos a los que intentaron borrarnos, nos obligaron a desplazarnos de nuestras casas y encontramos entre nosotros un hogar, un vínculo solitario, algo que no nos borre, para salvarnos de ese túnel oscuro que paralizó el tiempo en Nicaragua.

La muchacha que sale en las conferencias de prensa es esa que terminó con su novio y fuma por las noches para soportar la ansiedad. El semblante fuerte es para no desmoronarse, llora por las noches, ahora sola en su cuarto. Esta el otro muchacho que parece niño, nunca ha tenido novia y desesperadamente quiere una relación.

Nos escondemos entre la muchedumbre que satura las rutas, observando los rostros y escuchando las pláticas de los pasajeros, apretujados en los problemas de aquellos desconocidos, formando parte de ellos, esperando que pase algo divertido para reírnos cuando lleguemos a casa.

Ese lugar que buscamos a donde ir, es para escapar. La normalidad forzada de Managua nos llena de dudas. Somos, por si no se han dado cuenta, seres de carne y hueso. Los que estamos sumergidos en este esfuerzo por derrocar a la dictadura no nos salvamos de la normalidad. Nos hemos contagiado de la irresponsabilidad del olvido cuando vemos la cotidianidad de los managuas.

En distintas ocasiones hemos pensado en renunciar y continuar con nuestras vidas. Lo que abril significó en determinado momento una espontaneidad, ahora es una obligación moral. Ya no es una cuestión de un ideal supremo, estamos porque no podemos irnos.

Las miradas taciturnas, las noches de desvelo fumando incesantemente y la tristeza de cada mañana es lo que pocas personas en este país conocen. Detrás de cada muchacho entrevistado en los diarios hay un ser humano y, como cualquier otro, sucumbe a las debilidades. Esto es político y no una novela de romance, traidores existen y probablemente algunos vean en este contexto la oportunidad de alcanzar el poder como un fin. Cuestiono de esta manera al periodismo en Nicaragua que está creando héroes con rostros donde la vergüenza no tiene cara.

Intento ser condescendiente con aquellos que viven una realidad fantasma. Al menos yo, soy consciente de mis sentimientos, otros, por el contrario, tratan de engañarse a sí mismos con su propia lástima, negándose sulfurosamente a reconocer que viven una vida de mierda.

La mamá de una compañera nos sentenció al paredón de lo indescifrable, preguntándonos cuál es nuestro ideal. Tal vez su profesión de jueza le daba la lucidez para preguntarnos semejante cosa. No era una pregunta cualquiera, era también una preocupación de madre. Quería seguramente que su hija encontrara en nosotros la razón para renunciar a la decisión temeraria de dejar su casa para continuar una lucha, que, en el corazón de una madre, solo puede presentir la muerte. Aquella señora, preocupada por su hija, nos contó que fue presa política en la época de Somoza y fue liberada con el acuerdo que se logró en la toma del Palacio Nacional. “Nosotros también luchamos y creímos en la revolución, pero miren en qué terminó. ¿Qué les hace pensar que esto será diferente?”

Esta no es una lucha de vanguardia como la hizo el sandinismo y no estamos dispuestos a tomar las armas. Tampoco buscamos construir un proyecto político utópico, lo nuestro es real, ni vemos el poder como un fin. No aspiramos a un puesto político porque no tenemos las capacidades técnicas para ocupar un cargo público, pero si renunciamos, dejaremos el futuro del país en las manos de los de siempre, los oportunistas. Si renunciamos nada será diferente.

La respuesta no fue suficiente para ella, nada puede justificar el amor de una madre hacia su hijo. Es la misma pregunta que me hace mi mama cuando llego a Estelí. ¿Por qué no renunciás? Yo no tengo vida pensando que te puede pasar algo”. Mi mama no solo sufre por mi vida de fugitivo, soporta la humillación y desprecio de la gente que me odia.

Todos los días buscamos un lugar a donde ir…