Nayib Bukele, un clásico de la vieja cultura política (VCP)

Nayib Bukele, un clásico de la vieja cultura política (VCP)

Este domingo 9 de febrero del 2020 los ojos del mundo se posaron en “el Pulgarcito de las Américas”, nuestra hermana y vecina República de El Salvador. El recientemente electo Presidente Nayib Bukele, quien goza de alta popularidad entre la población de su país y fuera de él, había conminado a la Asamblea Legislativa a presentarse para aprobar un préstamo que el Ejecutivo requiere para dar continuidad a la Fase 3 de su “Plan Control Territorial” en contra de los grupos delincuenciales (maras).

El llamado a una “insurrección” realizado por Bukele y la ocupación del edificio de la Asamblea Legislativa por tropas regulares sonaron las alarmas de la comunidad internacional, dada la evidente agresión de un poder del Estado sobre otro que abre la posibilidad de estar presenciando un golpe de Estado técnico.

De momento Bukele ha “concedido” un plazo de una semana a la Asamblea Legislativa para que aprueben su plan, es de suponer que si el plan no es aprobado sigue abierta la opción de que veamos un “fujimorazo” en versión milenial. Según la nota de la BBC, Bukele literalmente dijo:

“Si estos sinvergüenzas no aprueban el plan control territorial los volveremos a convocar el día domingo. Estos sinvergüenzas no quieren trabajar por el pueblo. Una semana les vamos a dar”, dijo el mandatario ante sus seguidores concentrados a las afueras del Parlamento.

Yo le pregunté a Dios y me dijo: paciencia“, remató el mandatario.

Más allá del fondo del asunto y de la forma elegida por Bukele para abordarlo (cosas que corresponde resolver a la ciudadanía salvadoreña), el caso es ejemplar para ilustrar algunos de los elementos de lo que denominamos “vieja cultura política”; elementos que debemos identificar y combatir en nuestro propio entorno nicaragüense.

Así, en apenas nueve meses de gobierno hemos visto a un Bukele que:

  • publica sus órdenes a través de sus redes sociales,
  • niega el acceso a la prensa incómoda,
  • amenaza a los ciudadanos que quieren protestar en contra de sus decisiones,
  • desconoce los límites constitucionales a los poderes del Estado,
  • es capaz de utilizar a las fuerzas armadas para imponer su voluntad,
  • tiene comunicación directa con Dios, escucha su voz,
  • puede provocar un estallido social y destruir el orden constitucional manipulando la emotividad de sus adeptos.

Leyendo las reacciones de los seguidores de Bukele (tanto en El Salvador como en Nicaragua), fácilmente encontramos rasgos del fanatismo que rodea y construye a los liderazgos mesiánicos. La visión maniquea de la política, como una lucha entre el bien y el mal,  hace ver a Bukele como el bueno, el protector que trata de liberar a su pueblo de las garras del mal, personificado en las maras y los corruptos diputados que las defienden y, según Bukele, hasta las sostienen económicamente. Ahora Bukele incluso es capaz de interpretar la voluntad divina: él escucha directamente la voz de Dios.

El llamado insurreccional y el acompañamiento de las fuerzas armadas al espectáculo escenificado en el edificio de la Asamblea Legislativa personifica también en Bukele la imagen arquetípica del macho alfa, el caudillo a quien las tropas obedecen y por cuya causa son capaces de entregar sus vidas.

Otro rasgo característico de la vieja cultura política alrededor del ejercicio del poder, apreciable en el caso de Bukele, consiste en la facultad autoconferida de interpretar las leyes. Esto es así porque la noción de autoridad, en el imaginario popular, no depende de las reglas establecidas en un contrato social sino de una voluntad superior.

En efecto, la construcción mental del poder político autoritario en nuestros países se encuentra fuertemente influenciada por la religiosidad de la gente, que se refleja en expresiones como “hay que someterse a las autoridades de los hombres” porque “es Dios quien pone y quita a los reyes” desde las cuales no es difícil colegir que si el voto es la voz del pueblo y la voz del pueblo es la voz de Dios, entonces el elegido puede crear/modificar las leyes como mejor le parezca, para eso es “el que manda“.*

Como podemos apreciar en este somero análisis; ser joven, popular en las redes sociales y tener un discurso aparentemente progresista no te exime de ser portador de los vicios tradicionales de la cultura política latinoamericana. La propuesta “política” de Bukele no es nada novedosa. A decir verdad, y como bien lo ilustra la siguiente caricatura tomada de El Faro, Bukele cada día se parece más a cualquier mandamás autoritario de los que abundan en la historia antigua y reciente de nuestra América Latina.


*En realidad, y pese a lo que afirma Bukele, en el ordenamiento jurídico salvadoreño (como en el nicaragüense y seguramente en la mayor parte del mundo) la facultad de interpretar las leyes corresponde al órgano emisor de las mismas, que, en el caso que nos ocupa, sería la Asamblea Legislativa.