Mujeres, víctimas colaterales del estado de excepción

Mujeres, víctimas colaterales del estado de excepción

Barrio La Primavera, dos de la tarde del 27 de mayo. Ahí donde está la cancha, un grupo de chavalos que estaban jugando se empieza a alborotar. Tres camionetas de la Policía Nacional se parquearon frente a una casa donde me dicen que vive la mamá de la niña Diana. Hay otras dos camionetas cerca, motoristas y algunos policías de civil. Una señora dice: “No los van a dejar marchar”. Otra le responde: “¡Que hijos de p…, como si fuera la derecha la que quiere marchar!” Pasan quince minutos y las camionetas se van…se van a parquear a otro lado donde no las veamos…

Ese desplazamiento motiva a los que trajeron pancartas y consignas a sacarlas para manifestarse en contra de este horrible crimen y apoyar cívicamente a la madre de la menor asesinada. La mayoría son mujeres, casi todos niñas, niños o adolescentes. Todos ellos dijeron presente a la convocatoria para marchar “de la cancha del Barrio la Primavera hacia la Siemens”. Pero esa convocatoria (al menos los mensajes que me llegaron) no tenía “apoderados” declarados. Y eso claramente estresa a la Policía que, mirando a tantos niños gritar #NiUnaMenos, se debía preguntar seguramente a que hora esos angelitos dejarían de gritar consignas para transformarse en zombies terroristas de la “derecha vandalica y vendepatria”, saltando al cuello de los #AzulesMisFavoritos o de algún honesto ciudadano de los que gritan #QueremosLaPaz y destazarlos.

Un policía que seguramente siguió algún taller de mediación de conflictos se acerca a platicar con los chavalos para que entren en razón y se den cuenta de que van por el mal camino. El argumento de aquel oficial era: no molestar el duelo de la señora, que había pedido no manifestarse. Ellos habían estado con ella: “La madre quiere seguir con su duelo. Ella siente mucho dolor, no quiere que hagan ruido, no quiere ningún tipo de protesta.” Nadie puso en tela de juicio de que habían estado con la madre. Tampoco teníamos duda alguna de que ante tanto cariño demostrado por los policías,  quienes llegaron a tomar el café a su casa escoltados por tres camionetas repletas de “dantos” armados de akas y de escopetas, la madre habría de sentirse tan respaldada, segura y acompañada que en último momento decidió mandarle a decir a los protestantes, con la Policía, que no hicieran tanto escándalo, que estuvieran en paz.

“La Policía ya esta investigando” retoma el oficial. “Si el asesino no hubiera confesado su crimen ustedes nunca hubieran dando con su paradero. Durante un año les valiò v….” les responde un chavalo. “Nosotros no estamos aquí solo por la niña Diana”, le dice una joven, “nosotros estamos aquí por todas las niñas y mujeres asesinadas”. Y en coro se ponen a entonar: “¡Señor, señora, no sea indiferente, están matando niñas en la cara de la gente!”

“A nosotras no nos está pagando nadie. Vinimos porque quisimos. ¡No somos azul y blanco!”, grita una mujer a los policías. “Aquí todos somos azul y blanco” les responde el CPC del barrio. “¿cual es tu bandera?” prosigue, “¡La de Nicaragua!” le responden. “La mía también” remata él. “Ya, ya estuvo. Ya hicieron su manifestación. Por favor vayanse. No molesten más a la madre”, concluyó el policía, que de mediación sí sabía, pero de democracia poco.

Ya para ir cambiando de registro, hay que señalar que el tono de los oficiales y del CPC siempre fue respetuoso y suave -hasta paternalista- a lo largo de todo el intercambio. Pero esa cordialidad no los inhibió a tomarle fotos a todos los manifestantes y a los mirones que estábamos repartidos en toda la esquina.

Ahora reflexionemos

Leyendo el portal digital de La Prensa el día sábado me enteré del asesinato de una joven de 23 años, María José Centeno en Río Blanco, en Matagalpa. La mujer fue encontrada boca abajo a las orillas de un río. La foto que ilustra el articulo es chocante, pero mas indignante es el crimen y que sigan en libertad el asesino o los asesinos. Sigo buscando noticias y me encuentro con otro artículo que anuncia la muerte de Gabriela Jiménez Montenegro, de 24 años, en circunstancias no aclaradas. La joven fue encontrada la mañana del jueves en el potrero de la finca de su padre ubicada en el municipio de Jalapa, Nueva Segovia. Con el primer caso tenemos un femicidio claro. Respecto al otro estaremos a la espera de lo que revelen las investigaciones, si las hay. Ayer lunes, me enteré por unos amigos de un artículo del Nuevo Diario sobre otra mujer asesinada. El articulo relata que apareció tirada en las calles con los huesos rotos. La mujer murió horas después de haber sido encontrada. Su nombre era Mariela de los Angeles Blandon Cruz y tenía 33 años. Mariela “lucho varias horas por sobrevivir, pero no soporto el daño”. Mariela quería vivir.

Que en nuestra sociedad muera una mujer a manos de su marido, amante, pariente o desconocido es una tragedia que nos hiere en lo más profundo; pero si ya estamos hablando de tres mujeres jóvenes asesinadas, a pocos  días de distancia, entonces estamos ante una catástrofe que merece una DECLARATORIA DE EMERGENCIA NACIONAL. 

Todo esto me lleva a pensar automáticamente en el daño que nuestro sistema político de impunidad le está causando al país y como, en vez de sanar a nuestra sociedad, nuestros políticos, sus secuaces, sus capataces, sus funcionarios y sus parafuncionarios la siguen enfermando. Me explico. La impunidad política reinante contagia a la sociedad y la enferma por las siguientes razones:

1) Los gobernantes dan el mal ejemplo con su violencia ilegítima que se termina reproduciendo en todas las estratos sociales. Una violencia que basta con justificarse personalmente sin importar los valores y creencias de los otros. (Paradigma de la Contradicción: el no tolerar la diferencia que representa el otro)

2) El mal ejemplo de los Gobernantes lleva a un nuevo tipo de creencia en el que la impunidad se asume como algo generalizado. Que se trate de violación a la integridad moral o física de una persona, o hasta la misma negación del otro. (Podemos leer esto a la luz del concepto de banalidad del mal, teoría de Hannah Arendt desarrollada en sus reflexiones filosóficas sobre el juicio al nazi Eichman, que ella cubrió, en Jerusalén en 1961)

3) Este esquema de violencia e intimidación estatal, trasladado a la desigualdad de género, mantiene a raya a toda una generación de mujeres que, sin importar si son feministas o no (porque no viene al caso), aspiran todas a un mismo trato y a los mismos derechos que los hombres. Mientras la violencia contra las mujeres siga existiendo, no sea condenada y aborrecida por nuestra sociedad, mientras no sean castigados los culpables, entonces se mantiene el peligro de que siga estancada en el miedo la tan anhelada transformación cultural que pasa primero por la conciencia que las mismas mujeres tienen de sí mismas, de su valor. Si se sienten violentadas, si son agredidas, si son violadas y asesinadas, entonces ¿como se van a valorizar ellas mismas? El miedo cohibe y el gobierno lo sabe.

4) Por último, se reproduce en materia de género el mismo esquema que los gobernantes aplican en su trato con la población nicaragüense, es decir, imponer leyes, reglas y patrones de conducta que ellos mismos no respetan.  Por ejemplo, podemos afirmar que sigue imperando un patrón según el cual en las relaciones entre hombres y mujeres (conyugales o no) las mujeres tienen limites que ellas no pueden traspasar, pero que los hombres no respetan o no se imponen a sí mismo ni entre ellos. Esa desigualdad se reproduce a todos los niveles y en todos los sectores donde existen hombres con alguna autoridad que adhieran a ese patrón de desigualdad de género.

Para concluir

Desde nuestra impotencia, oremos por todas esas mujeres asesinadas para que descansen en paz donde quiera que estén sus almas. Como ciudadanos, solo nos queda esperar que el departamento de criminalística haga su trabajo, para que las familias puedan saber la verdad y vivir su duelo con la esperanza de que se haga justicia en contra de los culpables. Con estos casos, la Policía Nacional tiene la oportunidad de probarnos que tiene otra función social además de las de reprimir e intimidar a su propio pueblo. Y si no sienten la empatía, si no tienen la sensibilidad, si no profesan ese amor por el prójimo que lleva uno a conmoverse y a sufrir por el asesinato de una niña o de una mujer por causa de su género, entonces los invito a todos, a todos ellos, policías y funcionarios del Estado, a leer este poema de Madeline Mendieta, para que entiendan lo que fue ser esa niña en el momento en que se le iba la vida, en que se la arrancaban, sin piedad. Para que entiendan por qué quisimos protestar, lean este poema. Para que ninguna niña vuelva a ser asesinada, lean este poema. Para que los futuros cadetes de la Policía Nacional griten en coro #NiUnaMenos, lean este poema: