Modelos mentales y cambio cultural

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La habilidad de dibujar es única en los seres humanos. Esta aparentemente inocua habilidad esconde un gran misterio de la mente y su funcionamiento: la representación. Una representación es una imagen que se elabora a partir de nuestra experiencia de la realidad. Si vemos, por ejemplo, uno de los dibujos más antiguos de la humanidad, en la cueva de Altamira; observamos que ellos en efecto reflejan objetos de la realidad cotidiana en la que vivían sus anónimos autores.

Aunque no todos conservamos el hábito de dibujar en la adultez, casi todos los niños y niñas lo hacen habitualmente, algunas veces -para dolor de cabeza de sus padres- en las paredes. Pues bien, lo que hacen los niños y niñas al dibujar es precisamente plasmar una representación de la realidad que observan. Por muy “garabatos” que sean, esos dibujos siempre se refieren a algo presente en la realidad del niño. De hecho, es por esta cualidad que en psicología se usan los dibujos en la recolección de información sobre el estado psicológico de los niños (aquí una nota interesante sobre el tema).

Esta representación que tenemos de la realidad también nos incluye a nosotros en ella, nos sitúa en un contexto y nos otorga un rol específico. Las representaciones se constituyen en modelos mentales que son necesarios para nuestro funcionamiento, para dar respuestas a las exigencias que nos plantea el entorno. No se puede no tener un modelo mental, nadie puede ver la realidad con los ojos desnudos, porque lo que comprendemos como realidad es la interpretación o representación mental que hacemos de los datos o información que perciben nuestros sentidos.

Al mismo tiempo, no todos los modelos mentales son iguales, hay tantos modelos mentales como personas hay en el mundo. Sin embargo, puesto que somos seres sociales y también aprendemos en la interacción social, se puede hablar de la existencia de modelos mentales compartidos. Imágenes del mundo comunes en un grupo específico e incluso en sociedades enteras. La lengua que hablamos, la religión que profesamos y el acceso al conocimiento que hemos tenido condicionan la forma en que interpretamos y valoramos lo que sucede en el mundo, configuran un modelo mental específico.

El hecho de que existan varias formas de ver el mundo abre la pregunta de si es posible declarar su validez para jerarquizarlas e incluso plantearnos si es posible que modelos mentales distintos convivan en un mismo espacio. En efecto, sí es posible comparar los modelos mentales y se puede al menos poner a prueba su consistencia interna, aunque juzgar su nivel de validez  o coincidencia con la realidad sería bastante complicado; desde luego que, como ha sido dicho, cada modelo mental es una interpretación o representación de la realidad que surge como producto de una serie de condiciones propias y muchas veces exclusivas de una persona o un grupo de personas.

En cuanto a la consistencia, podemos asumir que incluso una visión mítica del mundo tendría que tener una coherencia interna, una cierta lógica narrativa que siempre podrá ser discutible; pero al abordar el segundo aspecto, el de la validez, entramos en el peligroso terreno de la imposición, pues, ¿cómo podemos juzgar cuál es el “modelo de modelos”?, es decir, ¿cómo definir el modelo que servirá como medida de los otros?

Modelos mentales y política

Es un hecho que existen en la sociedad un sinnúmero de formas de ver el mundo, que estas formas generan conductas, sistemas de valores e intereses diversos. Cuando estas formas son similares no hay problema, pero cuando son diferentes y entran en un espacio común como lo es una organización, una comunidad o un país; es inevitable que surja el conflicto. ¿Cómo deberíamos operar en esta circunstancia, por demás inevitable? Antes que todo es necesario aclarar un asunto: ningún modelo mental es capaz de reflejar o representar la realidad en su totalidad. Como ilustración de este hecho podemos tomar el cuento corto de J.L. Borges, titulado “Del rigor de la ciencia“, en el que relata cómo los cartógrafos de un imperio se afanaron por trazar un mapa con tanto detalle que llegaba a recubrir el territorio entero, es decir, el mapa era del tamaño del territorio..

Ahora evoquemos de nuevo los dibujos y las representaciones. La pregunta que nos deja el cuento de Borges es: ¿es posible que un mapa (una representación) abarque toda la realidad? Por definición eso es imposible; mientras el tiempo exista la realidad es apertura de posibilidades, siempre está dando algo nuevo de sí. Esto quiere decir que nuestro modelo -y el de los otros- siempre estará incompleto (esto es otra razón por la cual no puede haber el “modelo de modelos”). Pero decíamos que en la sociedad conviven varios modos de ver la realidad y muchos de ellos se quieren presentar como únicos, absolutos, como el gran mapa de la realidad.

¡Un mapa del tamaño del imperio! Estos modelos que se asumen únicos y absolutos se cierran en sí mismos y no dejan entrar nada que contradiga su sistema o esquema de pensamiento. Pero una sociedad así se acerca peligrosamente al totalitarismo y lo que queda solo es la lucha a muerte entre estos sistemas cerrados hasta que uno quede con vida para prevalecer sobre los demás. Esto es lo que ha sido la política nicaragüense desde hace dos siglos y es un mal que padece buena parte de la Humanidad. 

Los modelos mentales como decía, no pueden dejar de ser, los necesitamos para responder al mundo que nos rodea. Lo normal es que sean inconscientes, pero es preciso hacerlos cada vez más conscientes, para ensancharlos y que nuestro modelo sea abierto en un constante diálogo con la realidad y con las realidades que otros y otras observan. Esto, por decirlo de alguna manera, no es natural. Lo natural es que nuestro cerebro se contente con lo que le sirve para resolver “el día a día” pues quiere ahorrar energía. Por eso es preciso hacer un esfuerzo y desarrollar una actitud crítica primero que todo con lo que pensamos y después con la forma en que se han establecido los sistemas de pensamiento que nos rodean. Es preciso cuestionarnos y cuestionar. Otra actitud igual de necesaria para la apertura es la aceptación de la pluralidad, solo así será posible la convivencia con lo diferente. 

Paradójicamente, sí es posible decir que hay un modelo base, deseable para todos en la sociedad si queremos convivir en paz, y ese sería un modelo mental abierto. La actitud de apertura a la realidad y a la pluralidad de formas de verla. Solo en organizaciones y sociedades con individuos abiertos al diálogo desde puntos de vista diferentes es posible el aprendizaje, es decir, la inteligencia.