La elegancia del erizo

La elegancia del erizo

Tomado de Ciudadano X

Pienso en la imagen del erizo al que Muriel Barbery compara su personaje:

“…por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios …

Dos realidades, dos identidades. Una, fuerte, firme, diríase tosca; la otra, engañosa.

Esta “elegancia” — añado comillas para enfatizar que su refinamiento, más que sencillo, es provinciano y retrógrado—es la marca de los políticos nicas.  No solo de los que hoy detentan el gobierno, sino de los cientos de mediocres ambiciones que vuelan como polillas sobre la luz que muere en El Carmen.

Dos realidades.  Pero, desafortunadamente, la realidad.

Con ella tiene que vérselas el espíritu de quienes no han sido corrompidos todavía, de todo aquel que tenga años jóvenes o joven la ilusión de hacer de Nicaragua un país mejor.  Con erizos tiene que sentarse a discutir, a debatir, a negociar, a sabiendas de que al interior de la coraza presuntamente renovadora de la mayoría de ellos, vive el de siempre, el falsamente indolente, el taimado que habla con dos lenguas, que arrastra como una corriente cansada pero terca el sedimento traicionero de nuestra historia.  De ese lodo se hacen los falsos reformadores, los falsos revolucionarios, los falsos demócratas.  De ese lodo nacen los engaños, y nace la perversión de valores de la sociedad.

Con todo lo repulsivo y repugnante que parezca, ese lodo no puede ser excluido de la mezcla.  La casa se construye con lo que hay, con los materiales de que uno dispone.  Pero anímense, hombres y mujeres de buena voluntad, que no solo ese lodo existe.  Tampoco, la corriente que lo arrastra es única, ni indetenible.  Hay una reserva moral en el alma de la nación, una roca debajo del fango. Y hay aguas frescas que pujan por fluir.

Si solo hubiera lodo y sedimento, el pacto entre el COSEP, la Iglesia de Obando, y la dictadura, estaría intacto, festivo en el bacanal sicodélico de la emperatriz demente.  Si la reserva moral a la que hago referencia fuera apenas producto de mi imaginación idealista, no habría ocurrido, desde el 18 de abril, la multitud de actos anónimos de entrega y solidaridad que nacen naturalmente, como un gesto maternal, del corazón de personas que no están acostumbradas a premio por nobleza.

Esta reserva moral debe ser la fuerza con que los soñadores se enfrenten a los cínicos, la fuerza con la que combatan la tentación que por todos lados acecha.  No es una lucha fácil.  No se vive como hemos vivido por doscientos años sin que nuestro comportamiento rutinario asuma como naturales los hábitos que en momentos de mayor lucidez, momentos de rebeldía, condenamos con asco: el falso discurso, el servilismo, la voluntad de adaptarnos a un poder opresor para sobrevivir, la lealtad al clan, a la familia, el pragmatismo cínico que los políticos despliegan con orgullo.

La lucha es también difícil porque la pobreza crea un círculo vicioso de corrupción y dependencia.  Las élites lo saben.  Por eso hacen de todo para enfriar la rebeldía colectiva del pueblo, y comprar al detalle sus voluntades. Y no me refiero solamente al orteguismo. Noten cómo desde un inicio, cuando los grandes propietarios y sus empleados se “convirtieron” –- dicen— a la causa democrática, volcaron sus esfuerzos a cooptar a cuanto líder, activista o grupo pudieran.  Entre los logros de su prédica se encuentra la epifanía de antiguos revolucionarios anticapitalistas que han visto la luz y defienden al Cosep a capa y espada. Y voy más lejos, han conseguido que —por el momento — la lucha salga de las calles y entre al palacio, donde su experiencia en intrigas cortesanas les da una ventaja clara. Dentro del palacio van armando su juego, apoyados en copiosos recursos financieros y en su red de contactos internacionales. Dentro del palacio, en silencio y en secreto, pactan. Y para hacerlo al menor riesgo posible, se esfuerzan en convencer al pueblo de la “dificultad” de su “lucha” contra la dictadura.  Y se esfuerzan en convencer a los soñadores más perseverantes que su causa está perdida, que el juego se juega como lo juegan ellos, que mejor se les unan, que apoyen sus maniobras, que abandonen sueños de libertad y democracia porque no son “realistas”, o si algo de realista tienen, son “para después”.

Les dan, además, una advertencia: van con ellos, o quedan fuera del futuro que las élites de todos los tintes diseñan con confianza, a su gusto y antojo.  Porque, les aseguran, “todo está amarrado”, es decir, todo ha sido decidido donde debe decidirse, no solo fuera de la vista de la ciudadanía, sino que incluso fuera del alcance de los “recién llegados” a quienes renuentemente han tenido que ceder un asiento en el palacio.  A ellos los hacen sentarse en la antesala, con un pie adentro y un pie afuera.  Entrarán, si aceptan servir la agenda de los señores. Saldrán, si persisten en oponerse a lo que los señores ya han decidido.

Un dilema que tiene complejidad y drama para cualquier reformador.  Fuera del “juego”, el temor a no tener ninguna influencia en el futuro que –le dicen — es inevitable, en gran medida por falta de recursos materiales.  Dentro del “juego”, el temor a perder totalmente identidad, mensaje, y causa.  Una disyuntiva terrible con dos posibles caminos hacia la irrelevancia.

Ante tal disyuntiva, ¿qué hacer?

Primero, lo de siempre: dudar. Parte de la magia está en el aura del prestidigitador, en el brillo del sombrero y su capa, en la anticipación que crea en la audiencia, que contiene la respiración a espera del desenlace anunciado.  Es, ni más ni menos, lo que hacen los políticos del “todo está amarrado” en Nicaragua.  Porque para que lo supuestamente “amarrado” sobreviva en medio de la conmoción social, necesitan que la gente esté resignada a un destino inevitable.  Necesitan que todo el que tenga interés en incidir se monte al tren que ellos conducen.  Y mienten. Porque nadie, en este momento, puede estar seguro de cómo terminará la crisis.  Lo que sabemos es que ha habido un cambio que solo podría llamarse revolucionario en la política nicaragüense. Revolucionario en el sentido de que las instituciones anteriores a abril del 2018 han muerto, son insuficientes para sostener el orden social.  Y han muerto donde mueren las instituciones: en la mente de los ciudadanos.  Porque las instituciones, al fin y al cabo, son una serie de creencias, de costumbres, de leyes aceptadas por la mayoría, y en estos momentos la mayoría rechaza, no solo lo que había inmediatamente antes de abril, sino gran parte de la tradición que lo antecede.  ¿Logrará este rechazo convertirse a corto plazo en un triunfo que dé forma a nuevas estructuras de poder, verdaderamente democráticas?  Eso depende de tantos factores, tanto domésticos como internacionales, tanto materiales como espirituales, que aunque uno puede especular, no puede estar seguro.

En segundo lugar, sacar la lucha del palacio a los espacios de la sociedad que las élites no controlan.  Hoy en día esto incluye las redes sociales, pero no hay todavía un sustituto virtual para la calle, para la desobediencia civil, para todas las formas creativas de protesta física que mantengan la zozobra de los opresores y la esperanza del pueblo ansioso de libertad.

En tercer lugar, concentrarse en ganar, no en “ganarle” a los grupos opositores que pujan por un lugar en el palacio.  Nada es más importante para quien quiera contribuir a que el futuro de Nicaragua sea uno de modernidad y democracia, que mantener vivo el ideal, evitar que se corrompa, evitar que, por el afán de no ser excluido a corto plazo, los ciudadanos terminen pensando que uno es “igual a los demás”.  Este es un momento crucial en la historia de Nicaragua, en el que por primera vez el grito de ¡democracia! es la consigna generalizada. Nunca antes.

Siempre que en nuestra accidentada historia se luchó, se fue tras un caudillo, tras una bandera partidaria, o tras una utopía importada.  Y siempre se buscó el camino más corto, el de las armas.  El camino más corto, ya sabemos, ha tenido resultados desastrosos, impidiendo que el sistema político evolucione y nazcan formas de sucesión y alternancia en el poder que no dependan de la guerra.

Las nuevas generaciones de nicaragüenses quieren un camino diferente.  Los jóvenes luchadores aceptan el reto y saltan al frente; reconocen, sensata, sensiblemente, un cambio en la conciencia de la población.  Su reto es grande, porque no solo tienen ante sí una dictadura criminal, sino que corren el riesgo de empantanarse en la tradición que aflora como basura de playa cuando el mar de la protesta se retira.

Hay mañosos y corruptos en todos los grupos, hay intereses creados y maquiavelismo, hay intrigas y alianzas oscuras, e inestables.  Todas esto es bastante normal en la política, pero se mueve a paso más feroz cuando los ambiciosos intuyen el fin de un régimen y ven a su alcance la posibilidad de crear uno nuevo a su imagen y en su provecho.

Por eso es esencial restablecer el rol protagonista del pueblo, dejar a los corruptos encerrados en sus cortes, donde pelean el poder por el poder, y plantar en el terreno fértil de la nueva conciencia las ideas que tarde o temprano necesitan imponerse, las de un programa político democrático.

Vale más ese diálogo con el pueblo que mil reuniones y mil contactos con los políticos del pacto, o con los del “todo está amarrado”.

Urge un programa popular de reformas democráticas.