La cultura política del resignado

La cultura política del resignado

Estamos a la expectativa de los acontecimientos en este mes de junio. La reunión de Cancilleres de la OEA, la liberación de los presos políticos y la aplicación efectiva de la Nica Act. La presión interna ha mermado por el estado de sitio policìaco, que procura a través de la opresión y represión contener las exigencias de los nicaragüenses. Pero el principal problema es la cultura del resignado con que la mayoría de los nicaragüenses ven la crisis. La lectura de algunos es que el país va por mal camino y la solución para resolver la crisis es un adelanto de elecciones. Es decir, un cambio cósmetico. Irresponsablemente creen que los problemas del país se solucionan con elecciones.

“No me interesa la política, eso no me da de comer”, “Dios quiera que se resuelva esto”, con estas ideas providencialistas, pasamos de un estado de activismo en contra de los problemas estructurales del país, a un estado de indiferencia. “Todos los políticos son iguales” y podría añadir que sus ciudadanos también. El “Estado-Botín” es también una realidad en este proceso de construcción de “UNIDAD”, los nuevos “hèroes” del país ya están exigiendo su cuota de poder. Todavía no hemos entrado a discutir con énfasis los problemas estructurales y caemos en una redundancia generalizada sobre lo que queremos. La experiencia de las diferentes tendencias ideológicas desde el conservadurismo, pasando por el liberalismo y porteriormente el sandinismo “socialista” es que todas carecieron de una agenda nacional sobre la realidad del país. Ninguna supo expresar los intereses y aspiraciones de los nicaragüenses, la Alianza Cívica se dirige por el mismo camino.

La Alianza Cívica es un ejemplo perfecto de nuestra cultura política nicaragüense. Desgraciadamente una élite se autoadjudicó la representación de los nicaragüenses en la mesa de negociación, pero para construir esa agenda nación a la que aspiramos, el consenso entre los diferentes sectores sociales debe ser “sí o sí”. A la crisis política le anteceden problemas sociales primarios. Estamos superficialmente o cosméticamente “solucionando” el problema-país, mientras no hemos podido explicar todas las problemáticas que anteceden a la crisis.

El pacto como instrumento político está siempre bajo la mesa y la Alianza lo ha utilizado recientemente. La reforma electoral que promueve la OEA ha sido objeto de un pacto entre Ortega y los empresarios. Este pacto ratifica la hipótesis de un “orteguismo sin Ortega”. La reforma no incluye la creación o participación de nuevos partidos políticos. La Alianza Cívica utilizará la casilla de CxL y “dedocráticamente” eligirá a los “representantes” del pueblo. Es decir, la expectativa es que gobernarán quienes garanticen los intereses de la oligarquía nicaragüense.

Ante este escenario, la respuesta de los nicaragüenses no solo ha sido la indiferencia ciudadana, también el fatalismo. “Así Dios lo quiso”, no ven factible cambiar de “esto es lo posible” a “es posible”. No nos vemos capaces de construir nuestro propio destino. Tal parece que hasta los delegados de la Alianza son “elegidos por Dios”, así, la “nueva Nicaragua” es la misma de hace 200 años, donde el orden preestablecido no se puede cambiar.

La cultura política del resignado es un obstáculo para analizar la realidad del país. Ortega solo es un parte del problema. La foto donde salían los estudiantes representando a los nicaragüenses ante Luis Almagro ahora la ocupan los Aguerri, Chamorro y Healey, es una vuelta al ciclo que nos ha condenado a no superar nuestros problemas y pretende, con arreglos cosméticos, darle estabilidad de corto plazo al país, pero irremediablemente los conflictos, por falta de soluciones profundas, se repiten.

Las soluciones tampoco vendrán desde afuera. Los nicaragüenses somos los únicos que podemos decidir los tiempos en que puede caer la dictadura. Nos corresponde debatir qué haremos para sacar a la dictadura y cómo lo debemos hacer. Necesitamos un consenso social, un nuevo contrato social para construir un Estado moderno donde se respete la institucionalidad, un país democrático con Estado de Derecho, pero mientras los egos y los protagonismos dentro de la oposición ignoren los intereses de los sectores sociales y tengamos a una población dispuesta a manifestarse sin saber cómo, chocaremos siempre con la pared del sub-desarrollo. El país aún no supera su pasado colonial, tenemos un Estado-Providencialista.