Hacia un necesario diálogo entre opositores

Hacia un necesario diálogo entre opositores

El reciente informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH) leído durante la sesión 41 del Consejo de Derechos Humanos expone nuevamente y de forma explícita la existencia en Nicaragua de una dictadura que viola los mínimos derechos humanos de la población, en especial los derechos de quienes intentan protestar ante dichas violaciones. Más grave aún, en el campo y la ciudad continúan los asesinatos selectivos de ciudadanos que de alguna manera estuvieron vinculados con las protestas iniciadas en abril del año pasado.

La Policía Nacional se ha convertido en un aparato represor cuyas acciones desde hace mucho tiempo se alejaron de la legalidad, el accionar policial es abiertamente criminal y el “Jefe Supremo” (Daniel Ortega) no da muestras de querer enderezar el rumbo de la institución. En este contexto y condiciones parece inexplicable que la representación de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (ACJD) pretendan “continuar el diálogo” con el gobierno del FSLN.

La ruta del “golpe suave”, recapitulemos

Como ya he explicado en ocasiones anteriores, existe una “tecnología social” conocida como golpe suave (o blando) mediante la cual una parte de la población debidamente organizada provoca a un régimen opresor para desestabilizarlo y, de ser posible, derrocarlo. El éxito de esta tecnología depende directamente de la capacidad del régimen para gestionar su legitimidad como gobierno y maniobrar sin caer en excesos de violencia que producirían la condena internacional y la deslegitimación interna.

Con las primeras protestas espontáneas a mediados de abril del 2018 el gobierno de Daniel Ortega se vio sorprendido y rebasado, fue incapaz de reaccionar ante un escenario que no había podido prever: la represión con grupos de choque y antimotines, lejos de apaciguar a los protestantes, esta vez se salió de los cauces “normales” y las primeras muertes de manifestantes exacerbaron la ira de un mayor número de pobladores que salieron a las calles a pedir su renuncia.

Es evidente que el régimen hizo una lectura incorrecta de la situación y a la postre terminó provocando él mismo los resultados esperados de un golpe blando exitoso. Como expertos que son en acciones desestabilizadoras y subversivas, los viejos cuadros del FSLN que apoyan al régimen montaron escenarios de destrucción de oficinas estatales y violencia que justificaran una reacción violenta de su parte, mientras buscaban afanosamente a los inexistentes “cabecillas” de la rebelión ciudadana para desarticularla.

Un año más tarde, lejos de reconocer su equivocación y tratar de enmendar los errores para estabilizar la situación, el régimen persiste en su búsqueda de “culpables” (inexistentes) y con ello hundiéndose en el pantano que él mismo ha creado. La masacre perpetrada por la Policía Nacional en horas de la mañana del día de ayer contra la familia del joven Bryan Murillo López en la ciudad de León, aunada a la mediocre justificación oficial, nos demuestra que el régimen está dispuesto a seguir asesinando impunemente a la población.

¿A qué aspira el “sandinismo”?

A estas alturas todos los informes de las principales organizaciones y organismos de Derechos Humanos son unánimes y contundentes al señalar la responsabilidad de las autoridades de gobierno en la comisión de hechos delictivos, incluso de crímenes de lesa humanidad. Es claro que en la actualidad el gobierno de Daniel Ortega está sostenido exclusivamente por la fuerza de las armas y su abuso de poder desde todas las instituciones del Estado, como el Ministerio Público y la Corte Suprema de Justicia.

El gobierno se ha atrincherado en la caricatura de institucionalidad que ha construido y ha puesto todo tipo de “tranques” para defenderse, encerrándonos a todos junto con él y convirtiendo a Nicaragua en una enorme cárcel de alta peligrosidad. De persistir en su obcecada visión el gobierno está condenándonos al fracaso como nación y lo realmente exasperante es que los seguidores de Ortega no alcancen a ver que están repitiendo patrones históricos que conducen inexorablemente al desastre.

Aún cuando los regímenes de Cuba y Venezuela han logrado sostenerse en el tiempo, ello ha sido a costa de grandes sufrimientos y desgracias para sus respectivos pueblos. A estas alturas quien apoye al gobierno en su accionar represivo es cómplice de los múltiples delitos cometidos desde el poder. El legado del FSLN de Ortega, y con él de todo el “sandinismo” que lo permite, es un legado de corrupción, violencia, abuso de poder y desenfreno.

La respuesta “opositora”

Para desmontar la trama “golpista” creada por el gobierno basta con echar un vistazo a la desarticulada amalgama de actores que se le oponen. Ni una sola de las agrupaciones existentes ha sido capaz de construir una organización coherente que aglutine la diversidad de visiones e intereses opuestos al régimen y mucho menos de elaborar un plan de acción que nos lleve a salir de la crisis. Muchas de estas agrupaciones han abandonado la esperanza de contar con el respaldo de la población y se han empecinado en obtener una solución de parte de la comunidad internacional.

La ACJD muy indignamente persiste ahora en pedir el restablecimiento de un diálogo en el que el gobierno realmente ha puesto muy poco interés y no ha cumplido uno solo de los acuerdos alcanzados. Al mismo tiempo sabemos que existen pretensiones electorales de un sector de la ACJD en alianza con el partido Ciudadanos por la Libertad (CxL) que en otro contexto podrían ser totalmente válidas y plausibles, pero en el actual estado de cosas es oportunista, vacuo e infame.

Básicamente los distintos grupos de oposición, tradicionales y emergentes, reconocen que el contexto actual representa una excelente oportunidad “para la toma del poder” y ven en un futuro proceso electoral la posibilidad de materializar dicha oportunidad para su propio beneficio. El problema radica en que cada grupo se cree poseedor de una suerte de “verdad absoluta” o predestinación para “salvar a Nicaragua”, en la versión mesiánica de la política tradicional, aunque ninguno tiene claro la forma en que habría de procederse una vez ganada la elección y pese a que ninguno podría actuar o gobernar libremente si no resolvemos de previo muchos de los conflictos existentes y los que se presentarán una vez que el FSLN salga del poder.

Concertación de un plan de nación a 30 años

En un post anterior comentaba que el próximo gobierno tiene que asumirse a sí mismo como un gobierno de transición cuyos objetivos principales serían abrir los procesos de Justicia Transicional, convocar a una Asamblea Constituyente y sentar las bases para la democratización económica. Es en esa dirección que tendría que estar trabajando toda la oposición, tradicional y emergente. Tenemos que ponernos de acuerdo sobre la ruta a seguir para garantizar:

  1. La victoria en un proceso electoral con más del 70% de los votos,
  2. La instalación de un Gobierno de Transición,
  3. Las bases para un plan de nación a un mínimo de 30 años

Siendo absolutamente realistas, tenemos que reconocer que la solución a la crisis nicaragüense no es un asunto de corto plazo y no puede consistir en la exclusión social de quienes hoy, por convicción o necesidad, apoyan al gobierno de Ortega. Una solución inteligente más bien pasa por encontrar puntos de contacto y convergencia incluso con sectores del sandinismo ideológico que puedan aportar a un proceso de rápida pacificación y reorganización del Estado en el ambiente postelectoral, es decir, en el ambiente político post Orteguismo.

Nos estamos jugando el futuro de Nicaragua, nuestro propio futuro, es hora de deponer actitudes e intereses y sentarnos a conversar.