¿En qué fallamos? – Balance 2021*

¿En qué fallamos? – Balance 2021*

(* Escrito en colaboración con Adolfo Hurtado)

Arribamos al final de un año que se presentaba trascendental para la historia de Nicaragua. Un año que inició con muchas expectativas hasta cierto punto favorables y que, sin embargo, termina sin pena ni gloria; con una perspectiva política oscura y confusa.

La crisis sociopolítica iniciada en abril del 2018, con una serie de protestas que fueron violentamente desmontadas por el gobierno, continúa estancada y con cada vez menos opciones visibles de solución. Existen al menos tres perspectivas de análisis que no necesariamente son excluyentes entre sí, pero generan sesgos y obstáculos peligrosamente insalvables entre sus promotores(as) y defensores(as):

  • Democracia vs dictadura
  • Golpe de estado financiado por el imperialismo
  • Agotamiento del sistema político

Quienes se plantean la crisis como el resultado del establecimiento de una dictadura, que impide el ejercicio de la democracia mediante la represión y la violación de los Derechos Humanos de la ciudadanía, reducen el problema a la existencia de un grupo de personas aferradas al poder y, por tal razón, la solución consistiría en derrocar a estas personas. Esta lectura oculta los mecanismos mediante los cuales se fue construyendo el estado de situación actual, con la participación expresa o tácita de todos y todas. Los escenarios, en esta perspectiva de análisis, van desde lograr el aislamiento político y ahogamiento económico internacional del gobierno, hasta provocar un nuevo intento de “rebelión cívica” o simplemente “rebelión”, que puede ser incluso violenta o armada, en algunos casos extremos. 

Por otro lado, la versión del gobierno y quienes le apoyan (por convicción o por conveniencia) reduce el problema a la supuesta injerencia e intromisión extranjera que ha patrocinado y promovido los brotes insurreccionales del 2018 y las posteriores acciones de los grupos opositores. Esta es la tesis “golpista” que sustenta el comportamiento abiertamente represivo del gobierno y el despliegue militar de la Policía, lectura en la que, a su vez, se oculta la profunda pérdida de legitimidad ocasionada por la degradación de la democracia, con el consecuente agotamiento del sistema político. Desde esta visión los escenarios posibles contemplan la construcción y consolidación de alianzas internacionales alternativas y la extinción de cualquier forma de organización interna (incluso entre sus mismos aliados y adeptos) que pueda hacer algún tipo de contrapeso político al gobierno.

Las dos primeras posiciones, así planteadas, establecen claramente la ruta hacia una confrontación permanente que solo puede ser resuelta mediante la desaparición de uno de los grupos contendientes que, a su vez y paradójicamente, son interdependientes (uno existe por causa del otro). Esto es precisamente lo que denominamos “el paradigma de la contradicción”, que es producto de una visión o interpretación maniquea de la realidad desde un esquema de pensamiento causalista lineal.

La tercera perspectiva de análisis, desde una visión o interpretación sistémica de la realidad, nos permite profundizar en las múltiples y distintas causas reales de la crisis e identificar los patrones de comportamiento social que, en el caso nicaragüense, cíclicamente (y con una periodicidad impresionante) nos conducen al colapso del sistema político con desenlaces usualmente violentos. Es decir, para quienes sostenemos esta posición, el fenómeno sociopolítico que vivimos es multicausal y sus raíces más profundas se encuentran en nuestra cultura política tradicional.

Podemos apreciar que desde la perspectiva sistémica las otras dos visiones antagónicas no solo no se descartan, sino que se ven y entienden como codependientes y hasta complementarias. Al final de cuentas, resulta que los distintos grupos sociales en conflicto son parte de un mismo sistema y comparten rasgos comunes:

  1. No cuentan con una verdadera legitimidad de origen, por lo que, en lugar de construirla, requieren y pretenden obtener el reconocimiento y respaldo de poderes externos. Mientras unos buscan el reconocimiento de la OEA, los norteamericanos y la Unión Europea, el otro bloque lo hace con Rusia, China y la ALBA.

  2. No aspiran a la construcción de una sociedad incluyente, sino a la imposición de su visión particular de las cosas mediante la exclusión y/o extinción de su(s) adversario(s), como se escuchó a lo largo del año en el discurso de uno y otro lado, siendo excluyentes no solo con “los otros”, sino también con los suyos propios que les cuestionaron.

  3. Desprecian la institucionalidad y la legalidad. No son capaces de estructurarse y autorregularse sin violentar las normas que ellos mismos se establecen, incluso dentro de sus propias “organizaciones”, cosa que quedó plenamente demostrada con el accionar de los extremos antagónicos a lo largo de todo el proceso electoral tristemente desaprovechado.

En síntesis, podemos decir que nuestro problema de fondo no es la existencia de una dictadura que restringe la democracia, sino que somos una sociedad profundamente antidemocrática, de tal suerte que lo único que podemos producir, siguiendo nuestra cultura política tradicional, son dictaduras. Esto explica por qué el derrocamiento de la dictadura somocista no significó una solución definitiva a la crisis política de su tiempo y derivó en la situación que hoy padecemos.

La incapacidad de la oposición política para articularse alrededor del recién pasado proceso electoral fue evidente, siendo emblemática, pero no única, la postura excluyente del partido CxL exactamente en el mismo nivel mostrado por el FSLN al desaparecer de un plumazo al PRD y al mismo CxL. ¿Alguien puede dudar que estando en el poder CxL, o cualquier otro grupo opositor, no aprovecharía para desaparecer a quien se le oponga?

¿Cómo construir la democracia sin hacer uso de los instrumentos democráticos básicos? El llamado a no participar en las elecciones de noviembre pasado, tanto como el rechazo permanente a nuestra propuesta de promover un referendo (desde el año 2018, en medio del inicio de la crisis), nos demuestran fehacientemente que los grupos opositores no saben, no pueden o no quieren practicar una verdadera democracia. Del otro lado del espectro, el FSLN jugó exactamente el mismo juego: desmoralizar, desincentivar y desarticular cualquier intento de participación democrática ciudadana, al extremo de eliminar grotescamente a la “competencia” y comenzar recientemente a atacar y desarticular hasta a sus propios aliados organizados.

Lejos de representar un éxito atribuible a quienes hicieron un llamado al abstencionismo electoral o a quienes desmontaron el proceso, la falta de participación ciudadana refleja, en el mejor de los casos, un rechazo a todo el sistema político o, en el peor, simple apatía y desinterés, pero también, y sobre todo, nos permite establecer que la legitimidad del poder político nicaragüense sigue en un estado tan deteriorado que impide cualquier posibilidad de recuperar la gobernabilidad en el corto plazo y, con ello, la imposibilidad de construir una ruta de desarrollo nacional incluyente, integrado y seguro para las nuevas generaciones.

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