Emergencia nacional: protejamos a las mujeres

Emergencia nacional: protejamos a las mujeres

En medio de la violencia estatal que agobia a la sociedad nicaragüense no podemos pasar por alto los últimos casos de violencia contra la mujer que han dado a conocer los medios de comunicación, entre los cuales impacta la muerte de la niña Diana Raquel Gutiérrez, cuyo cadáver fue encontrado hace pocos días no muy lejos de su casa de habitación.

Sobre el tema de la violencia abordado en un artículo anterior comenté que, siguiendo las ideas de Johan Galtung, la violencia directa es apenas la parte visible de un fenómeno cuyas raíces más profundas se encuentran en la violencia estructural y la violencia cultural. La violencia cultural se refiere a todas aquellas ideas o símbolos que alimentan nuestras actitudes, en tanto la violencia estructural está determinada por las relaciones desiguales de poder. La violencia de género es fácilmente explicable y comprensible desde esta teoría.

Las raíces de la violencia de género: violencia cultural y violencia estructural

A decir verdad, no se requiere de mucho esfuerzo para identificar aspectos de la violencia cultural a que son sometidas las mujeres cuyos cuerpos, por ejemplo, son expuestos como mercancía u objetos de placer masculino en campañas publicitarias de casi cualquier producto (cervezas, automóviles, perfumes, desodorantes, etc.). En nuestro medio, otro ejemplo, la promiscuidad masculina es casi una virtud para algunas personas, quizás demasiadas; la promiscuidad femenina, por el contrario, es una cualidad despreciable e indigna… ya no se diga el hecho de tener hijos como producto de relaciones informales. En las redes sociales las mismas mujeres se encargan de estigmatizar y ridiculizar a sus congéneres y(por) sus “bendiciones”.

Esas dos ideas fuertemente arraigadas en nuestra idiosincrasia condicionan nuestras actitudes frente a las relaciones entre hombre y mujer: la mujer debe de satisfacer al hombre sexualmente y tiene que serle fiel. Es por eso que los casos visibles o de violencia directa contra la mujer son de tipo sexual o, como aún suele decirse, pasional; la mujer que se niega a relacionarse sexualmente con un hombre puede ser violada (peor aún si de alguna forma “le ha provocado”) y la mujer que de alguna manera traiciona o engaña a un hombre debe de ser castigada (incluso asesinada).

La violencia estructural no es menos evidente que la violencia cultural y la vemos reflejada, por ejemplo, en la desvalorización del trabajo femenino e incluso en la “feminización” de algunas modalidades de trabajo, como es el caso del trabajo doméstico (impensable que un hombre desee ser o sea contratado para realizar labores de “asistente del hogar”), el de las maquilas de la industria textil y otros similares. Las desiguales relaciones de poder en lo económico vuelven a la mujer dependiente y la exponen permanentemente al acoso sexual y laboral.

La mujer, en nuestro entorno sociopolítico, económico y cultural es vista como un objeto/sujeto susceptible de conquista y apropiación, vive bajo un permanente, cruel e ignominioso asedio. Y tomá nota de que al decir mujer me estoy refiriendo a tu amiga, hermana, madre, esposa o hija. Es decir, a poco más o menos que la mitad de la población nicaragüense. ¿Es posible aspirar a salir del subdesarrollo cuando aproximadamente la mitad de la población vive sometida a la opresión de la otra mitad en los aspectos más íntimos de su vida?

La ineptitud gubernamental y la necesidad de actuar

En un contexto en que todas las instituciones del Estado se encuentran secuestradas por un partido político desde el Gobierno, para garantizar su permanencia en el poder, no podemos esperar que la lucha contra la violencia de género sea una prioridad. Para agravar y complejizar esta situación, diversos informes de organismos internacionales (basados en “datos oficiales”) han creado la falsa imagen de una Nicaragua que prospera económicamente y donde la brecha de género se reduce cada vez más.

Frente al recrudecimiento de la violencia contra la mujer (más bien de la violencia directa que es la visible), algunas organizaciones y movimientos sociales claman por una declaratoria de “Estado de Emergencia” de parte de un gobierno que es incapaz de reconocer su responsabilidad en la muerte de centenares de nicaragüenses durante el último año, un gobierno que conscientemente falsifica y evade la realidad. Yo considero que tenemos que asumir nuestra responsabilidad ciudadana y generar nuestro propio “Estado de Emergencia”, somos el soberano y tenemos el poder suficiente para hacerlo.

Para comenzar tenemos que tener plena conciencia de ser parte del problema planteado, por acción u omisión. Como entes sociales racionales, en nuestra interacción cotidiana podemos elegir ser reproductores(as) de los patrones y estereotipos, subyacentes en nuestra “cultura”, que alimentan la violencia de género o contrarrestarlos activamente en nuestro entorno social abordando el tema con nuestros familiares, amigos y vecinos. No podemos válidamente decir que sostenemos una lucha por la democratización de Nicaragua si esa lucha no incluye, primordialmente, la democratización de las relaciones entre hombres y mujeres. ¿Será acaso casualidad que en la mesa actual de negociaciones entre el gobierno y la oposición no haya ninguna mujer como actor principal?

Más allá de lamentarnos y condenar los trágicos sucesos que involucran la violencia directa contra las mujeres, debemos atacar el origen simbólico e ideológico de donde parten o se producen… comenzando por detectar y eliminar los que tengamos arraigados dentro de nosotros(as) mismos(as), para inmediatamente entrar en una campaña cívica nacional en defensa de las mujeres.