¿Elecciones anticipadas?

¿Elecciones anticipadas?

La dinámica electoral, en un sistema democrático que no tenemos, más que perseguir la “alternancia en el poder”, promueve la constante renovación, y un supuesto o posible perfeccionamiento, de la “oferta de servicios” de la administración pública. Se pretende que los aspirantes a ocupar los cargos públicos, en el gobierno del Estado, impriman nuevas visiones y formatos, para evitar el estancamiento social y económico en determinado modelo político-ideológico, produciendo, como consecuencia del necesario debate, una mejora en los procesos tendientes al desarrollo socioeconómico del país donde se implementan dichos sistema y dinámica.
Lo interesante de estos procesos, desde una perspectiva dialéctica, es que, por regla general e independientemente del apellido ideológico que ostenten los contendientes, el partido (o personas) en el poder tiende(n) a asumir una posición conservadora que trata de preservar el status quo, el estado actual de las cosas, bajo el presupuesto de que “vamos por buen camino”, “lo estamos haciendo bien”. La expectativa es que la contraparte, también independientemente de su apellido ideológico, sea promotora de un cambio… lo que, de alguna manera, la vuelve “revolucionaria” en ese contexto.
Cuando esta dinámica se relaciona con la formación de las Asambleas, Parlamentos o Congresos permite que todas las facciones ideológicas predominantes (según sean votadas por los ciudadanos) logren una representación que posibilite la permanente y continua discusión de todos aquellos asuntos que interesen a la población, culminando con la emisión de las normativas o disposiciones legales pertinentes. En este sentido parece altamente importante que los partidos políticos tengan bien definidas y claras sus líneas ideológicas y programáticas, su “oferta electoral”, de modo que el ciudadano pueda conocerla, evaluarla y decidirse por ella.
Partiendo de estas ideas, brevemente esbozadas, desde hace un buen rato llegué a la conclusión de que en Nicaragua no vamos a tener democracia mientras no existan claras y definidas propuestas socioeconómicas sustentadas ideológicamente, mientras todos los grupos sean un “arroz con mango” y la única bandera sea “todos contra” el que está en el poder y/o viceversa. Desde esa misma perspectiva, adelantar las próximas elecciones nicaragüenses, como una salida a la crisis, no sería más que un paliativo temporal y hasta un peligro, una amenaza a las pretensiones de replantearse las bases de un sistema democrático.
El que un determinado grupo “arroz con mango” se organice para conformar un “frente” que derroque al gobierno actual no garantiza mínimamente la instauración de una democracia si él mismo no ha superado las tradicionales formas anómalas de gestión del poder y de la representación ciudadana, si no ha desarrollado esquemas internos realmente democráticos. Esto es algo sobre lo que es muy oportuno reflexionar, habida cuenta de la experiencia histórica que ya tenemos con el derrocamiento de la dinastía somocista y la posterior aparición de la Unión Nacional Opositora que puso fin al período de gobierno revolucionario a finales de la década de los ochenta del siglo pasado.