El nuevo sujeto político: la ciudadanía

El nuevo sujeto político: la ciudadanía

Xavier Gorostiaga en 1990 decía -sin saber que el FSLN estaba a punto de perder las elecciones- que uno de los legados del sandinismo era el nacimiento de un nuevo sujeto político: el pueblo. Ahora, con la ventaja que nos da la mirada retrospectiva, vemos que eso no fue del todo cierto, ahora que vemos nuevamente cómo el partido rojinegro se ha venido encargando sistemáticamente de verticalizar las estructuras políticas no solo de su partido, sino del Estado en general. La ideología del sandinismo, actualmente, apunta a monopolizar todos los espacios políticos, económicos y sociales, nada puede existir fuera del sandinismo o del control del sandinismo. El ansiado nacimiento, como actor político determinante, del siempre olvidado pueblo, no se dio.

Los famosos quince años neoliberales tampoco ayudaron a ese proceso, sabemos que el neoliberalismo alimenta la cultura del aislamiento individual, de la competencia social intestina entre las personas, también promueve el aislamiento mediante el hedonismo vacío del consumo. Mientras unos pocos avanzan en la escala social, la mayoría de la gente se queda atrás, con hambre y sin recursos, el nuevo sujeto político, tendría que esperar frente al “crecimiento económico”. La vuelta al poder del sandinismo en el año 2007 -afianzado por los “logros” macroeconómicos aparentes- tampoco significó el abandono del modelo neoliberal, más bien profundizó la marginalización de la participación ciudadana y las plataformas democratizantes.

Con el aún fresco recuerdo del despertar que supuso el estallido social de abril del 2018, en el imaginario popular se abre una vez más en la historia de Nicaragua la oportunidad de que surja y se asiente de una vez por todas este actor político, que debería de ser central en cualquier construcción de nación, pero no ya el pueblo, esa masa informe que necesita ser guiada o dirigida por una vanguardia política, sino la ciudadanía.

La diferencia entre el ser ciudadano y el ser poblador es la participación activa en el ejercicio de los derechos y responsabilidades sociales, contrario a la comprensión del pueblo como un objeto que las elites políticas deben de “estimular y organizar”.[1] Los pobladores ocupan un espacio en el territorio, pero poco tienen que ver con los asuntos de ese territorio. Se puede decir que a lo largo de la historia de Nicaragua los nicaragüenses apenas hemos sido una especie de “inquilinos” del territorio, controlado por los verdaderos “dueños”, los que se han comportado como tales desde que sus ancestros criollos tomaron posesión de estas tierras, como herederos de la colonia. Esta finca llamada Nicaragua, como parte de estos feudos llamados Repúblicas Centroamericanas, ha estado en disputa durante los últimos 200 años entre quienes se consideran herederos legítimos de los colonizadores. Son estas élites las que han configurado, para bien o para mal, las instituciones de estos territorios.

La revolución popular sandinista se suponía representaba la irrupción, al fin, de los olvidados. Ahora sabemos que nada estaba más distante de la realidad, los abanderados de esa lucha terminaron ocupando el lugar de los “dueños” de lo público y el sistema de patrones, capataces y súbditos siguió incólume.

Abril del 2018 supone una oportunidad, una apertura en el curso de la historia de donde puede surgir la conciencia de una ciudadanía activa, propositiva y organizada en su papel de constructora de la realidad nacional. Pero esto no vendrá como un regalo de las cúpulas, al contrario, es muy posible que intenten evitarlo. Para eso es necesario algo que es a la vez muy simple y complejo: ejercer nuestro poder, darnos cuenta de que la tierra que habitamos nos pertenece a todas y todos y que tenemos la responsabilidad y el derecho de decidir de forma democrática las instituciones que queremos. No va a venir nadie de afuera a resolvernos los problemas, no nacerá el mesías de entre nosotros que representará nuestros anhelos e intereses.

En asuntos humanos nada es definitivo, todo es posible, porque somos libres, incluso aunque no queramos, somos libres. Las condiciones están dadas para que surja de una vez por todas este sujeto político, beligerante y con la fuerza necesaria para hacer los cambios profundos que necesita nuestra sociedad; que, entre otras cosas, nos permitan la convivencia pacífica, el entendimiento y el desarrollo humano sostenible.

Está en nuestras manos, las tuyas y las mías, que dejemos de ser pueblo y nos convirtamos, de una vez por todas, en ciudadanía.

[1] Cómo decía  la Proclama de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional del 18 de junio de 1979

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