El falso dilema y el pensamiento político nicaragüense

El falso dilema y el pensamiento político nicaragüense

En lógica una falacia es un planteamiento o razonamiento que parece válido, pero no lo es. Algunas falacias surgen de manera espontánea por un fallo lógico de quien razona, pero también es una herramienta discursiva poderosa para quien aprende a utilizarlas en los debates, públicos o privados, para manipular e inducir el error en personas menos experimentadas. Las falacias son parte del día a día de profesiones como la Abogacía y la Política, con esto quiero decir que los profesionales de dichas especialidades tienen que ser expertos para no caer en las trampas del razonamiento que constantemente se presentan, ingenua o maliciosamente, en su quehacer cotidiano.

Hay una amplia variedad de falacias, pero hoy quiero enfocarme en una que me parece muy importante en el contexto histórico y actual de la sociedad nicaragüense: la falacia del falso dilema. Esta falacia está vinculada con un principio de la lógica proposicional clásica que se conoce como “el tercero excluido” y se formula como: “una cosa es o no es” (A ¬ A). De esta forma, si la primera proposición es verdadera la segunda necesariamente es falsa (o viceversa), por ejemplo: “el gato es un mamífero o el gato no es un mamífero”, “el gato es un ave o el gato no es un ave”. La falacia del falso dilema (o falsa dicotomía) consiste en presentar un razonamiento o argumento que oculta otras opciones o factores existentes, reduciendo la discusión a dos opciones opuestas, contradictorias entre sí, como si fueran las únicas posibles.

No es necesario ir muy lejos para encontrar claros ejemplos de falso dilema en el ambiente político nicaragüense. Hasta 1979 los partidos políticos de arraigo eran el liberal y el conservador, a tal extremo supuestamente contradictorios que se les llegó a conocer como “paralelas históricas”, desde la aparición de “democráticos y legitimistas” (calandracas y timbucos, despectiva y respectivamente). Después de 1979 y hasta el día de hoy la falsa dicotomía ideológica se estableció entre sandinismo y anti sandinismo, forzando o tratando de forzar un nuevo formato de “paralelas históricas” (izquierda-derecha, comunismo-capitalismo, etc.), donde diversas agrupaciones políticas supuestamente anti sandinistas se disputan entre sí el derecho de ser la “verdadera” contraparte del sandinismo en el ejercicio del poder. No está de más decir que en la realidad práctica las supuestas contradicciones ideológicas simplemente no existen, es una construcción retórica falaz.

La falacia del falso dilema también está presente en la supuesta dicotomía política “dictadura o democracia”, que asume erróneamente (a pesar de nuestra experiencia histórica) que basta con derrocar a una dictadura para que se establezca la democracia y que obvia el evidente hecho de que nuestras “dictaduras” son el producto de un ejercicio deficiente de la democracia por falta de comprensión. En Nicaragua asumimos que democracia es “el gobierno de las mayorías” y esto provoca que quien gana una elección, siguiendo la falsa dicotomía, justifique y ponga en marcha un proceso de anulación y eliminación del grupo “derrotado”. Este mismo proceso justifica y da lugar a los acuerdos y componendas de los grupos hegemónicos para compartir, o repartirse, cuotas de poder. En sus 200 años de existencia cuasi republicana Nicaragua ha transitado de una dictadura a otra con mecanismos casi rituales que encuentran su origen, precisamente, en las falsas dicotomías que la sociedad se ha autoimpuesto, o le son inducidas, y forman parte importante de sus modelos mentales, de su cultura política.

Conviene también decir que la incorporación de la falsa dicotomía en los modelos mentales y la cultura política nicaragüenses, al ser un error de razonamiento lógico, genera un sesgo cognitivo de mayúscula relevancia: la cuestión política se termina interpretando no como un juego de relaciones humanas e intereses entre grupos sociales, sino como una lucha entre el bien y el mal. Basta decir, por el momento, que el sesgo cognitivo es concretamente un efecto psicológico que produce una desviación del razonamiento lógico o de la percepción de la realidad, normalmente causado por emociones, sentimientos, experiencias y/o costumbres. Consecuentemente, las crisis políticas nicaragüenses encierran también una crisis de salud mental y hasta espiritual que nunca ha sido debidamente manejada o tratada y es también una asignatura pendiente para futuros gobiernos.

Actualmente se debate en las redes sociales nicaragüenses el tema del proceso electoral que culminará el 7 de noviembre próximo con la votación y elección de un presidente para el próximo período de Gobierno y de los diputados que ocuparan posiciones en la Asamblea Nacional por ese mismo período. Como es de esperarse, una buena parte de la población políticamente activa está procesando el evento desde su tradicional visión dicotómica, sesgada, que podemos resumir en: “las elecciones son buenas o no son buenas (son malas)”, consecuentemente y por extensión, si alguien se atreve a decir que hay que ir a elecciones, entonces está del lado de “la dictadura”, es de “los malos”. Paradójicamente, un elemento característico y sustancial de las democracias son los procesos electorales, de tal suerte que cuando se consulta qué hacer a quienes sostienen este argumento de no ir a elecciones para no apoyar a la dictadura, no tienen ninguna opción para ofrecer más que la de “resistir” o, en casos extremos, insinuar la necesidad de acudir a mecanismos no democráticos (rebelión, insurrección) para restablecer la democracia; cosa que ya hicimos en 1979 y nos significó casi diez años de guerra fratricida, el reacomodamiento de los grupos de poder y el ya mencionado resurgimiento de las falsas “paralelas históricas”.

Si bien es cierto que el presente proceso electoral no goza de la autenticidad o legitimidad requerida para que pueda considerarse democrático y este defecto implica necesariamente la violación a los Derechos Humanos de gran parte de la ciudadanía nicaragüense, también lo es que otra parte de la misma ciudadanía nicaragüense tiene la oportunidad de participar activamente en él, para tratar de forzar los cambios y mejoras que el sistema requiere (incluso desde las falsas dicotomías sandinismo-anti sandinismo o dictadura-democracia). Esto último no es un hecho que pueda ser descartado a priori sin forzar el falso dilema electoral, es decir, sin incurrir en un error de razonamiento lógico, al evaluar el proceso electoral en curso y las distintas opciones que él mismo presenta: 1) que haya voto masivo y no haya fraude;  2) que haya voto masivo y se frustre un intento de fraude; 3) que no haya voto masivo y no sea necesario el fraude; 4) que haya un voto masivo, se ejecute un fraude y no exista la capacidad real para demostrarlo, o; 5) que haya voto masivo y se ejecute un fraude demostrable.

De las opciones mostradas en párrafo antecedente, tenemos que las primeras 2 abren el camino a una transición democrática, aunque necesariamente habrá fricciones sociales cuya magnitud será responsabilidad exclusiva de la dirigencia y partidarios del FSLN. La opción 3 abre el camino a un posible proceso de legitimación del FSLN y es altamente probable que sea su apuesta actual, que sería responsabilidad exclusiva de la oposición política y sus malos manejos. Por su parte, las opciones 4 y 5 nos ponen en la ruta directa hacia un posible desenlace violento del colapso del sistema político que vivimos. El colapso del sistema político nicaragüense, por agotamiento de las falsas dicotomías, encierra la verdadera naturaleza de la crisis que padecemos.

No podemos adivinar lo que sucederá entre hoy y el 8 de noviembre de este año (o incluso después) con respecto a las acciones y reacciones de las personas involucradas en el proceso electoral en curso, pero podemos afirmar que, en cualquier caso, el FSLN está desperdiciando inútil e innecesariamente la oportunidad de que encontremos una salida duradera a la crisis iniciada en el mes de abril del 2018 y que, al mismo tiempo, el FSLN está estableciendo las bases de una violencia y empobrecimiento impredecibles. También podemos afirmar que mientras exista una posibilidad de votar masivamente y revertir un posible intento de manipulación de los resultados, la decisión final del proceso electoral estará en manos de la ciudadanía.

Si una amplia mayoría de la población cree en que la solución a la crisis pasa por un cambio inmediato de gobierno, el proceso electoral actualmente en curso (con todo y sus irregularidades) seguirá siendo una oportunidad idónea para intentar ese cambio de gobierno y comenzar a establecer la democracia en nuestro país. Pero para sentar las bases de una verdadera democracia se hace necesario abandonar el maniqueísmo, las falsas dicotomías y la absurda idea de que ganar una elección es un cheque en blanco otorgado por “la mayoría” para anular o eliminar políticamente a las “minorías”. La democracia es, ante todo, el respeto a la diversidad y a la diferencia y no la eterna lucha entre contrarios.

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