El discurso populista versus la realidad

El discurso populista versus la realidad

Infructuoso ha sido el llamado de atención para detener la creciente intolerancia entre los nicaragüenses. Tal parece que el discurso de odio de la dictadura está calando en la “conciencia” de una sociedad polarizada, fanatizada e idiotizada que no puede ver con objetividad la gravedad de la crisis que atravesamos. El ganador ha sido el gobierno, cuando una parte de la población decide utilizar epítetos vulgares contra sus adversarios. Una lucha no es cívica cuando el lenguaje soez se repite como consigna.

No repetiré discursos populistas que mueven a las masas ignorantes y les recetan soluciones a corto plazo. Mi función social consiste en analizar la situación con la mayor objetividad posible y facilitar instrumentos que empoderen a los ciudadanos. La mayoría carece de criterio, utiliza discursos extremistas para oponerse a la dictadura, pero no ven que llevan un poco de ese “sandinismo” al que tanto se oponen. Burlarse de la muerte de un simpatizante del régimen, no está lejos del radicalismo de aquellos que se burlan de la muerte de Alvarito Conrado. La muerte Bismark Martínez (Q.E.P.D.) es como la de centenares de nicaragüenses que están en la impunidad y con la sospecha de que haya sido asesinado por los paramilitares del régimen por negarse a reprimir a la población.

Tal vez mi discurso no sea popular para una población acostumbrada a los espectáculos de segunda clase. No repetiré consignas electorales como “vamos ganando”. No vamos ganando nada, al contrario, todos hemos perdido. El país ha perdido más de 325 seres humanos, 400 mil nicaragüenses perdieron su empleo y la cifra va en aumento, 800 presos políticos siendo torturados en las cárceles, 2000 heridos, 60 mil exiliados; en su mayoría estudiantes universitarios y se pone en peligro el desarrollo del país por la fuga de cerebros, una economía al borde del colapso y la sociedad nicaragüense fracturada, herida por la brutal represión gubernamental que no cesa. Saque su conclusión con todo lo que he mencionado anteriormente. ¿Vamos ganando? Algunos necios insistirán que sí.

Los problemas de la actual coyuntura nacional no solo se remiten a la opresión y represión de la dictadura. Hay otros problemas estructurales como la corrupción, el machismo, el feminicidio que de forma alarmante ha aumentado en los últimos años, la violencia en las calles, el cambio climático, una crisis medioambiental por la sobre-explotación de nuestros recursos naturales finitos, la desigualdad económica y social, la falta de oportunidades, entre tantas otras. A pesar de que es evidente que hemos avanzado en nuestra madurez política probablemente no sea suficiente para construir el país que aspiramos tener.

Los debates de los nicaragüenses no son la víspera de la búsqueda de soluciones a los problemas que aquejan a nuestro país, se centran en llamarse “sapos” o “golpistas” y repetir consignas de partidos como #MikoMaAndanteZequeda o #ioKreoEnLaAliansa. Es motivo de preocupación porque aparentemente el objetivo solo es cambiar de gobierno pero no de sistema. Este sistema viciado es el responsable de esta catástrofe llamada Orteguismo. Además, un pequeño grupo de banqueros están dirigiendo desde las sombras los intereses del país, los poderes fácticos que mencionó Monseñor Baéz al Papa, que adoran al Dios dinero y sacrifican la vida humana.

El culpable de este desastre no es solo Ortega, es también responsabilidad de una población que no ejerce su ciudadanía y no sabe cómo defender sus derechos políticos. La mayoría de los nicaragüenses, aun con esta dolorosa lección, piensan que el gobierno está para sacarlos de la pobreza. Los gobiernos solo son un facilitador para crear condiciones que propicien el desarrollo. Los gobiernos no están para sacarnos de la pobreza, su función es distribuir la riqueza producto del desarrollo alcanzado.

La recuperación del país será dolorosamente lenta, algunos economistas consideran que reparar el daño económico tomará al menos una década y primordialmente restaurar la convivencia social tomará dos generaciones. Por delante tenemos un futuro incierto y los principales enemigos de Nicaragua son los mismos nicaragüenses con sus actitudes anti-democráticas. Solo un cambio de 180 grados nos ayudará a salir del umbral de la vergüenza llamada sub-desarrollo. Nuestro atraso no es solo económico; es político, social y cultural.

La política casera debe dejar atrás a los tradicionales políticos criollos populistas, que prometen sacarnos de la pobreza sin saber cómo, que utilizan el hambre y la pobreza como instrumento de control. Ningún “mesías” nos salvará de la pobreza, cada nicaragüense es responsable de su propio destino. Necesitamos un gobierno que gobierne para todos, políticos que obedezcan a los intereses de la nación y no a los de su partido. La democracia no es perfecta, la corrupción no dejará de ser un problema en el futuro, pero depende de los ciudadanos que ese sistema sea sostenible y equilibrado para evitar episodios como los de abril 18. La realidad que afrontamos es otra: reconstruir el país. Será una labor titánica pero no imposible.