El déjà vu en la crisis política nicaragüense

El déjà vu en la crisis política nicaragüense

En los últimos, casi, tres meses hemos visto una y otra vez, imágenes de periódicos de 1979 que parecieran describir exactamente los hechos que estamos viviendo 39 años después… Coinciden las fechas, los lugares, los hechos… y muchos nos preguntamos por qué. Desde el enfoque sistémico, la terapia de Constelaciones Familiares y los resultados de la investigación que realicé sobre las secuelas de la guerra, hay varios planteamientos que convergen para dar explicación a estas repeticiones.

“Toda guerra fractura el tejido social, empezando por los vínculos familiares. Muchas familias nicaragüenses no solamente se vieron repartidas en bandos contrarios, sino además el hecho de enfrentar un sinnúmero de situaciones traumáticas propias de esa vivencia, les dificulta establecer vínculos emocionales sanos con los hijos y nietos, puesto que hay algo que queda guardado, “no hablado”, y a pesar de no verbalizar el asunto, los hijos perciben que hay algo “no dicho”, un “algo” que impide la comunicación, un “algo” que indica que hay una “zona prohibida” en la relación con la persona directamente traumatizada y que no permite la fluidez en la convivencia”. (Kühl, J. 2017. Secuelas de Guerra. Tesis Doctoral)

Como señala Anne Ancelin Schützewberger: “Hablar no es necesario para comunicarse (…) La vergüenza, igual que el secreto, no necesitan ser evocados para pasar de generación en generación y venir a perturbar a un eslabón de la familia, un eslabón directo o indirecto”, yo agrego que tampoco el dolor. Los sistemas humanos, buscan siempre el equilibrio. Cuando algo se excluye o se niega, el sistema hará lo que sea necesario para restablecer ese equilibrio, recordándonos que hay algo que aún no se ha resuelto, que no se ha sanado, que está pendiente; y ¿cómo nos lo recuerda? Bueno, nos coloca en situaciones donde repetimos el drama, es como recordarnos la lección hasta que la aprendamos.

Repetir las acciones, las fechas o las edades que han conformado los dramas de nuestra línea sucesoria es una manera de mantenernos fieles a nuestros padres, abuelos y demás antepasados. Eso es la lealtad invisible que comenté en uno de los escritos anteriores. Esa lealtad, que es inconsciente y que por amor ciego, nos lleva a repetir las historias de aquellos a quienes no se les reconoció, quienes fueron excluidos o quienes fueron víctimas de injusticias que quedaron en impunidad. Es así que se produce muchas veces, el síndrome de aniversario, que es repetir el mismo hecho o bien, vivir una experiencia dolorosa, en el aniversario de un evento importante en nuestro sistema: la familia, o nuestro país.

Lamentablemente, en nuestro país hay muchos asuntos pendientes… y nuestro inconsciente, tanto personal, como colectivo, no olvida. Nunca hubo una Comisión de la Verdad, que permitiera el reconocimiento de los hechos durante las últimas dos guerras, ni de los responsables de los mismos. Y se contabilizan 60.000 muertes (35.000 en la insurrección antisomocista y 25.000 en la guerra “de la contra”, para una población de 3,2 millones en 1985) y un número desconocido de desapariciones, víctimas de tortura y violaciones a los derechos humanos de todo tipo. No se investigó y por tanto nadie asumió la responsabilidad de esos hechos. Esa es una deuda que cargamos durante 40 años y que aún está pendiente. Por eso estamos repitiendo la historia. Por eso es importante que esta vez, lo hagamos diferente. Por eso es indispensable que esta vez, haya una Comisión de la Verdad que nos conduzca a que los responsables de los crímenes, de las desapariciones, torturas, saqueos y de todos los atropellos de los que estamos siendo testigos, asuman las consecuencias de sus actos.

Schützewberger explica: “Recordemos que, ya en su época, los cirujanos militares de Napoleón I reconocieron e identificaron, durante la retirada de Rusia, en 1812, el “síndrome de silbido de las bombas” para calificar los sufrimientos, las pesadillas y la angustias de los supervivientes y los testigos de la trágica muerte de sus compañeros (lo mismo que encontramos actualmente en las pesadillas de sus descendientes en muchos países como Francia, Israel, Armenia, Polonia, incluso en Canadá y Estados Unidos). Cuando uno sabe que un muerto mal enterrado impide realizar el duelo en la familia, resulta fácil imaginar que una hecatombe pueda generar un inmenso trastorno en la civilización (…) Cuando un antepasado ha sufrido, para sus descendientes es fundamental que el dolor sea reconocido (…) Por eso para los armenios ha sido realmente importante ver que la comunidad internacional reconocía su genocidio, aunque se haya producido cincuenta años después. Estoy segura de que a millones de personas esto les ha permitido recuperar la paz interior”.

Si esta vez no reconocemos los hechos, si no hablamos de ello, si no hay justicia, no podremos sanar y en 40 años más, nuestros nietos estarán repasando esta misma lección. Insisto, como ya he hecho en otros escritos, que la búsqueda de justicia, no debe llevar un espíritu de venganza, de ensañamiento con los responsables de los hechos; pues eso solo agravaría la herencia emocional que dejamos a las generaciones siguientes.

Se trata de que los responsables asuman sus actos a la luz de las leyes. Y pueden decirme que su condena, no sería comparable con el dolor que se está viviendo, es cierto, tienen toda la razón; pero desde una actitud amorosa y compasiva, sería suficiente para poder reconstruir nuestro tejido social, para lograr una convivencia respetuosa, independientemente de las diferencias.

Es importante que reconozcamos que estamos ante una valiosa oportunidad de sanar como país, de dejar de repetir los hechos dolorosos de nuestro pasado; necesitamos honrar nuestra historia y tomar lo mejor de ella; necesitamos abrazar la fuerza y la dignidad de nuestros ancestros, para decidir conscientemente qué hacer aquí y ahora, para aprender de una vez por todas nuestras lecciones personales y desde ellas, aportar a construirnos como un país rico en diversidad, a escribir una historia que pese menos para nuestros nietos y para sus hijos… Es importante que asumamos, como adultos, nuestra responsabilidad; que nuestros actos cotidianos irradien lo que esperamos de los demás… una actitud pacífica. Así, cuando sanemos, ya no necesitaremos repetir la historia.

* Circula en la red bajo el título “Repeticiones”, por Julieta Kühl Barillas. Matagalpa, 9 de julio, 2018.