Contra los fanáticos y contra el fanatismo

Contra los fanáticos y contra el fanatismo

Autor: Marco Aurelio Peña M.*

Ha pasado poco más de un año tras los eventos iniciados en abril de 2018 que marcaron un antes y un después en el acontecer sociopolítico nicaragüense de los últimos tiempos. La crisis sociopolítica y socioeconómica continúa. En esta oportunidad, disertaré sobre un estado psicopatológico (permítaseme la expresión) que subyace en la ontología del conflicto: el fanatismo.

¿Qué es un fanático? Una persona con actitud fanática. ¿Qué es el fanatismo? Según el significado ofrecido por la Real Academia Española, es el “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencia u opiniones, especialmente religiosas o políticas”. El nicaragüense al participar en la política de partidos viene padeciendo esta terrible enfermedad desde tiempos inmemoriales. Se transfiguran las formas, pero se conserva la esencia. Ser zelayista, somocista u orteguista es tan sólo la forma, pero el verdadero problema es la esencia: el fanatismo.

El fanático no entiende de razones. Siempre buscará un recurso para defender a capa y espada su creencia u opinión arraigada en lo más hondo de su ser. El fanático siente que su vida deja de tener sentido si llega a aceptar que sus creencias, sus opiniones o su(s) dirigente(s) políticos están erigidos sobre la falsedad y el error. En un debate o en una discusión, el “apasionado desmedido” se va tornando iracundo rápidamente; ataca, ofende, ridiculiza, se muestra evasivo a las preguntas concretas; o bien, se victimiza al no tener más y mejores argumentos. No teniendo tolerancia hacia una idea contraria o diferente, el que padece fanatismo exige respeto hacia la suya, aunque diga un disparate o cualquier afirmación sin fundamento lógico.

¿Por qué se da el fanatismo? Por un adoctrinamiento sistemático o un autoconvencimiento ciego e interesado, o una combinación de ambas posibilidades. El fanático renuncia a su pensamiento crítico y le otorga poder a su dirigente de que piense y decida sobre su vida y sobre el colectivo. Se siente seguro y se siente alguien. Tiene sentido de pertenencia a algo que cree importante. Siente superioridad sobre los demás. Como es de esperarse, acá también se produce una relación de dependencia económica que garantiza un nivel de consumo, un estándar de vida, una posición económica y social. Si hay algo más peligroso que un fanático, es un fanático con poder.

Ese fanatismo de rendirle culto a su(s) dirigente(es) alcanza tal grado de apasionamiento y obcecación que se asemeja a la devoción religiosa hacia una divinidad. En Nicaragua, el fanático es capaz de defender con más ímpetu a su dirigente que a Dios o a su mamá; se desvive por su “líder”, aunque no tenga ni la más remota idea de la calidad humana, moral e intelectual del mismo. La relación entre fanático – dirigente llega a parecerse a una relación sado – masoquista por la mezcla rara de poder, placer y dolor. Si su domus o dirigente le da una orden, el fanático la cumplirá, aunque transgreda leyes y atropelle derechos fundamentales.

Al fanático no le interesa la verdad objetiva. No es capaz de hacer valoraciones ponderadas, mesuradas e imparciales. Éste es capaz de negar la realidad y falsearla mediante la adopción de un discurso construido. Sólo le importa su mundo fanatizado, uno sesgado, prejuiciado y alterado. No le importa el análisis en frío ni hacer filosofía ni la buena sabiduría ni analizar los acontecimientos a la luz de las ciencias ni nada que vaya en contra de su modo de ver la vida dado su estado psicopatológico.

El obcecado sólo entiende de “nosotros contra ustedes”, “o estás conmigo o estás contra mí”; pujando a la sociedad a una especie de matanza entre tribus indias mientras los caciques se fuman la pipa de la paz y se reparten las tierras. Los fanáticos tienen a su vez dirigentes fanáticos que obedecen a su propia obsesión por el poder absoluto, padeciendo síndrome de hubris, megalomanía, paranoia, delirio de persecución, etc.

El fanático es un ser alienado/enajenado. Los efectos de su patología la sufren las personas sanas que están a su alrededor. Y esto no es cosa de ser profesionales o no. El conocimiento técnico – profesional no impide que una persona padezca fanatismo. Muchos profesionales y académicos padecen y se jactan de su fanatismo, lo que sugiere que el fanatismo obedece a otra causa. Ese gozo morboso de rendirle culto a terceras personas y confiarle su destino ciegamente quizás se deba a un tipo concreto de ignorancia, a una carencia de autoestima y seguridad, una debilidad espiritual, simple resentimiento o deseo de venganza. Los neurocientíficos bien pueden buscar en las zonas del cerebro humano explicaciones orgánicas sobre este comportamiento humano desviado.

El fanático al fanatizarse más va perdiendo humanismo y humanidad. ¡Cuántas personas parecían buena gente, buenos amigos, buenos ciudadanos, buenos profesionales, y en un rapto de fanatismo partidario sacaron lo peor de sí, lo más bajo, despreciable y primitivo! Cuando el fanatismo se vuelve un fenómeno de masas la sociedad tiene un serio y grave problema. El fanatismo tiende a engendrar fanatismo. Un fanatismo en el poder puede provocar un fanatismo en la oposición (zelayismo, chamorrismo, somocismo, sandinismo, orteguismo…, así sucesivamente). Este fenómeno lo han padecido otras sociedades más cultas y adelantadas como sucedió en el continente europeo. Italia sufrió el fascismo y Alemania el nacismo. La humanidad cuanto más se han aferrado a dirigentes y credos ideológicos cerrados y deshumanizadores, más dolor y sufrimiento se ha infligido.

El fanatismo debe ser estudiado científicamente para conocerlo y prevenirlo. Esto supone el mejoramiento del sistema educativo orientado al pensamiento libre, ético, científico y crítico, que no dependa directamente de los partidos políticos que toman el poder. A su vez, urge un programa de formación integral en cultura política orientada en principios democráticos, Estado de derecho y derechos fundamentales, pluralidad, inclusión, participación, tolerancia y una sólida escala de valores ético – morales dirigida a los que ingresen al campo de la política. Nadie que no haya pasado por un programa de formación integral en cultura política debería optar a cargos de elección popular. Aristóteles, una de las mentes más vastas que ha producido la humanidad, sostuvo que una formación integral era, además de la intelectual, aquella que inculcara una ética de virtudes que guiara la acción humana en la lógica de lo correcto, lo bueno, lo justo y lo verdadero. Los buenos y grandes líderes han sido coherentes, sobrios, cerebrales y centrados.

A todo gobernante inescrupuloso le conviene reproducir una caterva de fanáticos que lo proteja. La juventud universitaria y el resto de la población nicaragüense se dio cuenta por su propia cuenta de lo que son capaces de hacer las personas fanatizadas y movidas por las más bajas pasiones humanas para la conservación del poder político. El fanatismo, como enfermedad degenerativa, conduce a la discordia, al conflicto, a la violencia, a la guerra, a la destrucción y a la muerte. Cuando la razón, la paz, la sensatez y la tolerancia guíen una auténtica política de principios en Nicaragua, bajo una organizacion politica que garantice democracia, libertad, justicia y desarrollo, los fanáticos con su fanatismo serán marginados y vistos como lo que son: obcecados y desviados mentales.


*El autor no es miembro de Propuesta Ciudadana