Cohabitación democrática y cultura política

Cohabitación democrática y cultura política

Hay un serio problema en el pensamiento de quienes dirigen y dominan los distintos espacios políticos y económicos del país (grupos hegemónicos) e incluso la academia: no han percibido el profundo cambio político-social que se produjo en el último ciclo político nicaragüense (1979-2018), que es la emergencia de una nueva cultura política ciudadana basada en el reconocimiento y la demanda de derechos, en contraposición a una cultura política de control y dominio desde el ejercicio del poder político (caudillos/acaudillados).

Si bien es cierto que en Nicaragua persisten rasgos que alimentan las concepciones tradicionales de cultura política de autores como Emilio Álvarez Montalván, Pablo Antonio Cuadra (en su obra “El nicaragüense”) y otros, a partir de juicios de valor (o quizás sea mejor decir prejuicios) morales y éticos de quien enjuicia; estos rasgos son insuficientes para desarrollar un modelo explicativo de nuestra realidad social y política actual, un modelo que dé cuenta de cómo se instrumentaliza la gestión de poder, por un lado, y se crean las demandas reivindicativas, por el otro. De hecho, el análisis del contexto social y político nicaragüense basado en los aspectos de la cultura política tradicional comenzó a dejar de ser funcional desde la década de los sesenta del siglo pasado.

Comprender el proceso de surgimiento, y la actual existencia, de una nueva cultura política ciudadana, durante los últimos cuarenta años, es indispensable para entender que la solución a la crisis social y política no puede ser alcanzada por un acuerdo entre cúpulas ni siguiendo la estrategia de la oposición tradicional de crear un proto-caudillo que “arrase” en las urnas. Es así que, en las encuestas de los últimos años y de forma consistente, entre el 65% y el 85% de la población no se siente representado dentro de un sistema político que profesa y pretende continuar imponiendo un modelo basado en la ya desfasada concepción tradicional de la cultura política.

Recientemente ha entrado a discusión un planteamiento de Humberto Ortega según el cual la sociedad nicaragüense se enfrenta al dilema de elegir entre la cohabitación democrática o el caos, que nos lleva a pensar en un nuevo “gobierno desde abajo”. Esta propuesta sigue siendo insostenible porque, al surgir desde la visión de la cultura política tradicional, descuida el hecho de que el sistema político esta peligrosamente desequilibrado y puede destruirse hacia dentro (implosionar) en un nuevo estallido social de magnitudes insospechables. Es urgente que la sociedad madure su nueva cultura política y que los grupos hegemónicos entiendan que el manejo del Estado ya no es su negocio exclusivo, que el futuro de Nicaragua depende de todas sus partes de la misma manera en que todas las partes hemos sido corresponsables, por acción u omisión, del desastre que hoy vivimos.

La cohabitación o convivencia democrática definitivamente es la ruta a seguir, pero ya no es solo entre los grupos hegemónicos, sino que es entre los grupos hegemónicos y la ciudadanía. La democracia ya no se entiende o se limita a lo electoral o a la representación política, sino que demanda inclusión y participación dentro de la gestión misma del poder (político, económico, cultural y social).  En este momento en que algunos representantes de los poderes fácticos parecen entender que la cohabitación democrática es necesaria, deben de pasar a reconocer que para que dicha cohabitación democrática sea posible tienen que respetarse los derechos y libertades de la ciudadanía en primer y exclusivo lugar, y que para comenzar a hablar de esa convivencia democrática tenemos que posibilitar que haya justicia, reparación y garantías de no repetición que, a su vez, posibiliten los procesos de sanación de las víctimas de los hechos violentos, los crímenes y la represión estatal que han sido cometidos y se continúan cometiendo desde abril del dos mil dieciocho, según lo han certificado organismos de derechos humanos alrededor del mundo.

No hay que perderse en debates infructuosos. Las protestas de abril del dos mil dieciocho representan la demanda ciudadana por una cohabitación o convivencia democrática incluyente e integradora, sostenible en el tiempo, y es a esa demanda ciudadana (no de las élites) a la que hay que dar respuesta con urgencia.

Share
0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments
0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x