A 40 años, ¿en qué fallamos?

A 40 años, ¿en qué fallamos?

El 19 de julio se ha convertido en nuestro eterno “Día de la Marmota”, cada año repetimos las mismas letanías, consignas y canciones; algunos ven este día con desprecio, otros con despecho y todavía unos cuantos con verdadera nostalgia y fervor revolucionarios. Se celebra el derrocamiento de una dictadura sangrienta, la de Somoza, mientras se termina de afianzar otra no menos peligrosa, cruel y desalmada: la de los Ortega Murillo.

Siendo 40 años una cifra redonda, vale la pena dedicarle unas últimas líneas a la llamada “Revolución Popular Sandinista” (RPS) para pasar definitivamente la página y avanzar. Hasta hace un par de años yo era de los que pensaba que había algunos aspectos rescatables de la insurrección popular y el período revolucionario posterior, pero el accionar del gobierno durante el último año y la cacería que ha desatado en contra de quienes se oponen a sus designios me ha llevado a la conclusión de que el balance final de los últimos 40 años es definitivamente negativo.

La revolución nicaragüense de 1979 fue la última revolución armada victoriosa en Latinoamérica, durante un período fuertemente influenciado por la revolución cubana y la denominada “guerra fría”. Nunca hemos tenido una cifra exacta de la cantidad de vidas humanas que nos costó la revolución, entre 50 y 100 mil muertes según varios estimados, tomando en cuenta la guerra que siguió a 1979 y duró casi una década.

En realidad la RPS comprende dos procesos distintos: el primero es la insurrección popular en la que participó el más amplio espectro de la población, incluyendo a la empresa privada, y el segundo es la toma del poder y posterior establecimiento de un gobierno “revolucionario”. Aquí conviene destacar que hasta 1979 el FSLN contaba con más derrotas que victorias en su accionar guerrillero.y no es sino a partir de 1978 que logra ponerse al frente de los levantamientos populares para capitalizar la lucha a su favor.

El primer fracaso de la Revolución consistió en mantener la visión del poder como un trofeo de guerra, la población nicaragüense miraba con naturalidad que “los muchachos” asumieran el control de la situación y consecuentemente del gobierno, “lo habían ganado”, “les costaba la causa”. Y fue así como un grupo de jóvenes inexpertos asumió las riendas de las instituciones del Estado, quizás con las mejores intenciones en ese momento.

El segundo gran fracaso de la RPS giró en torno a la exclusión. “El que no brinque es contra”, quien se opusiera al proceso (o siquiera manifestara alguna duda) era catalogado como “enemigo del pueblo” y tenía que ser anulado, en casos extremos hasta físicamente. Dentro de la lógica polarizante y polarizada de la “lucha contra el somocismo” hacía sentido quitar cualquier obstáculo para avanzar en la construcción de una nueva sociedad, para afianzar las conquistas populares.

Y un tercer momento, que quizás no dependió tanto de nosotros, fue la militarización de la sociedad. Los sandinistas de la década de los 80s, al igual que quienes participaban en la contrarrevolución o resistencia, nos vimos inmersos en un conflicto bélico que transformó a casi cada nicaragüense en combatiente de uno de los dos bandos enfrentados. No había mucho margen para el pensamiento crítico, las órdenes se cumplían o se cumplían, el autoritarismo y el verticalismo brillaron en todo su esplendor.

En un artículo anterior (que podés leer en este enlace) exponía que “cultura política” es el subconjunto de las ideas, creencias, valores, comportamientos, símbolos y prácticas de la cultura general de una sociedad que se manifiesta en el ámbito de los procesos políticos y, más concretamente, alrededor del ejercicio del poder. Es así como podemos decir que en 1979 la sociedad nicaragüense logró derrotar a Somoza, pero no venció al somocismo como máxima expresión de la cultura política tradicional.

Concretamente la cultura política tradicional nicaragüense, entre otros, tiene estos elementos destacables:

  • La visión del Estado como botín de guerra y el ejercicio del poder como “premio” al vencedor,
  • El mesianismo y la predestinación de los liderazgos, el “poder” es inherente a las personas, no se obtiene por delegación o legitimación popular,
  • La necesidad del heroismo y el sacrificio como condición indispensable para acceder al “poder”,
  • El miedo a las diferencias, la necesidad de uniformidad so pena de exclusión,
  • El caudillismo, entendido también como autoritarismo y verticalismo, ciertas personas pueden estar por encima de las leyes,
  • La resolución violenta de los conflictos, las posiciones no se negocian, tiene que haber vencedores y vencidos,
  • La necesidad de legitimación externa, los líderes normalmente sirven o tratan de agradar a una potencia extranjera.

No es difícil identificar estas características en el Somocismo y el Sandinismo que le sucedió hasta desembocar en el régimen que tenemos hoy. Dichas características persistieron y persisten en los partidos políticos tradicionales y aún entre una buena parte de la población, incluso entre las organizaciones y movimientos nacidos a raíz del proceso iniciado en abril del 2018.

A 40 años, el enemigo sigue siendo el mismo… y está quizás en nosotros mismos. ¿Seremos tan torpes para volvernos a equivocar?