Zancudismo político y elecciones municipales

Zancudismo político y elecciones municipales

Estando a menos de tres meses de celebrarse las elecciones municipales convocadas por el Consejo Supremo Electoral, el ambiente político nicaragüense luce bastante desolado. Los partidos tradicionales de la autodenominada oposición han enfrentado evidentes problemas para conformar sus listas de candidatos (no imagino cómo lograrán cubrir la totalidad del personal requerido para trabajar en las Juntas Receptoras de Votos y demás estructuras del sistema electoral). Y es que no es para menos, salvo algunas honrosas excepciones, en realidad pocas personas serias pueden tomarse en serio la farsa electoral que se avecina, ni siquiera como electores. Si para las últimas elecciones presidenciales podemos razonablemente pensar que la abstención superó el 60% de la población, las próximas municipales podrían llegar a establecer cifras récord y extremas de abstencionismo, algo que ronde y hasta supere el 80% de las personas aptas para votar.

Esta lamentable situación de nuestro sistema sociopolítico, lejos de convocarnos a la reflexión y a la búsqueda de soluciones colectivas, pretende ser aprovechada por los pseudopolíticos que encabezan a los partidos tradicionales para "posicionarse" en "espacios de poder" como supestas trincheras para "enfrentar a la dictadura dinástica del matrimonio Ortega Murillo" (o al menos eso tratan de hacer creer a sus ingenuos seguidores); negándose a reconocer que, en todo caso, el desgaste que padece el FSLN es proporcionalmente igual al que sufren ellos mismos y, por ende, que sus posibilidades de "alzarse con el triunfo" son bastante cercanas al cero; incluso en algunos municipios de tradición política opositora o, digamos sin eufemismos, abiertamente antisandinista. Con cada proceso electoral la oposición tradicional se desacredita más y se debilita.

Desde el año 2004, cuando obtuvo 87 de 152 alcaldías en disputa, la política de alianzas emprendida por el FSLN logró desarticular a varias organizaciones políticas y sociales, aminorar los efectos del discurso polarizante de los ochentas y noventas, tanto como establecer un nuevo balance de fuerzas a su favor. Al mismo tiempo sus contrapartes políticas hicieron todo lo contrario… ¿por qué mostrarse ahora sorpredidos o molestos con los datos que arrojan algunas encuestas?; los autodenominados opositores apenas están cosechando lo que ellos mismos sembraron, aún así persistiendo en sus eternas divisiones y conflictos.

A mí me parece preocupante que en su alocada carrera tras los cargos que les permitirían "ejercer el poder", nuestros políticos tradicionales, entre los que cabe incluir a los del mismo FSLN, han descuidado peligrosamente a la verdadera fuente del poder que pretenden, que es la ciudadanía. Y digo 'peligrosamente' porque al ir desapareciendo los cauces legítimos por los que debe transitar el poder ciudadano (el real, no el usurpado que se enarbola y esgrime en rótulos y consignas desde el gobierno) estamos cada vez más cerca de un nuevo estallido social. No hay mal que dure cien años ni pueblo que lo resista. Entre la burla y el cinismo que arrojan las cifras oficiales para convencernos de que "vivimos bonito" y las consecuencias económicas nefastas que nos pueden traer las sanciones norteamericanas, tan anheladas y hasta solicitadas por un segmento de la autodenominada oposición, se viene fraguando el descontento y la desesperanza, un perfecto caldo de cultivo para las revueltas populares que suelen llegar "en combo" con las mencionadas sanciones (no por casualidad, sino como parte del "esquema" de las "revoluciones primaverales").

Las dos facciones más visibles del "liberalismo" y el FSLN, en su afán por reconstruir el modelo somocista de las "paralelas históricas" que les permitiese a sus líderes el reparto del poder y la estabilidad económica, a dos bandas, han destrozado por completo las instituciones y el ordenamiento jurídico patrio. Actualmente es absurdo pensar en la posibilidad de un proceso electoral libre de fraudes que sea legitimado por la población nicaragüense mediante el ejercicio del sufragio. Con o sin observación electoral, e incluso con o sin fraude, las elecciones de noviembre de este año son una burda farsa, un gasto innecesario de recursos y quizás la última palada de tierra sobre los cadáveres de la Democracia y el Estado de Derecho nicaragüenses.

Por otro lado, si bien es cierto los procesos electorales municipales comprenden en Nicaragua 153 elecciones distintas, también lo es el hecho de que la centralización y el verticalismo en la toma de decisiones permite que, por ejemplo, sean las "autoridades partidarias" (los caudillos) quienes tengan la última palabra tanto para imponer candidatos como para negociar resultados. En el año 2008 fui testigo presencial de cómo la Alcaldía de "La Libertad" (Chontales) fue ganada por el PLC en el terreno, pero vilmente entregada en una negociación en Managua… junto con la de Juigalpa y varias otras más. Es desde esa perspectiva que se hace válido acusar el denominado "zancudismo" de los actuales partidos pseudo-opositores, no tanto por las personas que sinceramente participan en las bases y aún desde posiciones de liderazgo territoriales, sino por las cúpulas de dichos partidos que están siempre prestas a negociar con el partido en el poder para obtener beneficios personales, algunos cargos y "protección legal" para encubrir sus oscuros manejos de la "cosa pública" y consecuente enriquecimiento.

En las actuales condiciones no hace sentido llamar a la gente a votar o no, es casi un hecho que no lo hará. Tampoco es condenable o criticable que algunos ciudadanos de a pie quieran participar y participen activamente en el proceso electoral, tienen derecho de intentarlo. Para mí el llamado es a los ciudadanos que pertenecen a los partidos políticos tradicionales, todos, para que democraticen sus organizaciones, para que renueven sus liderazgos e iniciemos, todos juntos, un amplio diálogo nacional que nos permita hacer frente a los problemas que nos agobian como nación. El llamado es también a los ciudadanos que no pertenecen a ninguno de los partidos tradicionales para que en lugar de ejercer la crítica contra todo y contra todos nos organicemos para elaborar propuestas políticas de cambio. Por muy buenas que sean las intenciones, las acciones independientes y el activismo individual sólo contribuyen al caos… la solución para Nicaragua debemos buscarla en el diálogo y la concertación desde la ciudadanía, no en la confrontación y el conflicto.