¡Por una democracia única, grande y nuestra!

¡Por una democracia única, grande y nuestra!

En Nicaragua las cosas parecen estar normal, o es más bien lo que nos quieren hacer creer. Sin embargo, basta con conversar con la gente para entender que nadie piensa así. Los despidos no cesan; micro, pequeñas y medianas empresas cierran mientras el gobierno impulsa una reforma fiscal y otra reforma del INSS más impopular que la de abril 2018. Basta con ser observador, con esos ojos que Dios te dio, para darte cuenta que hay menos gente en las calles, bares y restaurantes. O lo más importante: un pariente o un amigo que ya no está. Y si ves las noticias, te enterás de que en Estelí unos individuos hacen estallar bombas de contacto, en el sur andan alardeando unos rearmados y en las ciudades la persecución política no se detiene. Sin hablar de la agresión que sufrieron las presas políticas en la cárcel “La Esperanza”, un nombre que le queda muy mal a esa cárcel. Como si esto fuera poco, la Policía Nacional presume ante los medios de las nuevas instalaciones de la Dirección de Auxilio Judicial, como si se tratara de un nuevo Montelimar más asequible. Si pudiera conversar con vos que me está leyendo, no creo que nos pondríamos de acuerdo en una fecha para ir a veranear al complejo “Evaristo Vásquez Sánchez”, por más cómodo que se vea. Bromas aparte, un Estado que construye cárceles en lugar de nuevas escuelas es un Estado que en vez de darle esperanza, formación y oportunidades a sus jóvenes, prefiere verlos encerrados mientras se les calma lo rebelde y se “normalizan”.

Con tanta amenaza queda claro por qué la gente quiere seguir con su vida sin involucrarse en política. Nadie quiere imaginarse inaugurando los nuevos hostales que nos construye el gobierno. Ante esta resignación, muchas voces que ayer ensalzaban a nuestro pueblo hoy lo critican por su pasividad cómplice y su poca altura de miras. Por otro lado, resulta que mucha gente vive o interpreta esta etapa como la segunda parte de una mala película que ya pronto podría terminar. Pero en la historia nicaragüense las cosas no cambian por si solas y acomodarse a un ciclo de violencia política es condenar a las generaciones futuras a someterse a otro. O quizás, como en general no nos importa mucho lo que pase en el mundo después de muertos, solemos pensar: “que aguanten, ¿acaso no aguanté yo?”. Tampoco caigamos en juicios en contra de esa gente que argumenta que solo quiere vivir en paz. Tienen toda la razón, porque casi todos queremos vivir en paz. Pero hay distintas paces, y la paz de las armas definitivamente es la menos ideal. Por último, también hay gente decepcionada y amarga que tomó la mala costumbre de criticar a nuestro pueblo acusándolo de anti-democrático, de sumiso y de inculto por no salir a protestar. Pero entonces, yo les pregunto a ellos ¿quién era esa multitud que estaba en las calles en abril y mayo si la mayoría de la gente carece de valores democráticos y de cultura política según ellos?

No podemos ignorar que este país carece (y no solo por razones políticas) de las herramientas y de un contexto favorable a las resistencias cívicas y pacificas. En parte porque nos es difícil organizarnos y proyectarnos a largo plazo. Y eso quizás porque en vez de pensar en un modelo de sociedad democrática, que sea único y nicaragüense, tendemos a buscar referencias y a querer importar modelos desde afuera. Por eso, entendamos de una vez que no existe un modelo democrático universal, como tampoco existe una democracia perfecta. Es más, los gobiernos que nuestra historia reciente ha registrado como democráticos lo han sido de manera muy insuficiente. ¿Cómo pretender que la gente crea en lo que las élites presentan como democracia cuando los mismos diputados electos votan leyes que favorecen a las élites económicas a las que pertenecen? Hoy, en medio de esta crisis que polariza a nuestra sociedad, resulta chocante el ver como los mismos que claman por democracia y libertad le cierran espacio en los medios o atacan en redes a las posturas más moderadas, a todo tipo de cuestionamiento legítimo y a las nuevas voces que se están alzando desde los movimientos políticos mas jóvenes.

Sin olvidar lo siguiente: hermanos, ¡qué bajo hemos caído en la negación del otro! Se nos olvidó que nos va a tocar unirnos para reconstruir esta sociedad. Y habrá que aprender a tolerar nuestras diferencias con el otro si pretendemos devolverle el futuro a este país. Hoy más que nunca es fundamental tejer una nueva relación con la sociedad civil. Una sociedad cansada de que otros le designen a sus representantes, una sociedad cansada de que pongan palabras en su boca. En la prisa por ver caer a un gobierno, se ignoró que el primer diálogo se tenía que convocar dentro de la sociedad, pueblo con pueblo. Pasar por alto esto en un contexto en el cual es el pueblo que pone los muertos, los heridos y los presos deja muchas dudas con respecto a la altura de miras que tuvieron los representantes de la Alianza Cívica. Tomar el poder por el poder, sin decirnos que iban a hacer con él, nunca ha dado como resultado el surgimiento de una sociedad mejor. Me explico. Lo que terminó entendiéndose como oposición nunca logró ser representativo del pueblo nicaragüense, y no porque no representaran la diversidad social de una nación, sino porque no había consenso, no había organización, no había diálogo con las bases y tampoco había autocrítica. A pesar de eso, el Diálogo que se convocó (el diálogo que quiso ser y no fue) se ganó desde el inicio la confianza de nuestro pueblo. Sin embargo, el irrespeto de las condiciones para que se abriera el Diálogo Nacional y la convicción, dentro de la cabeza de los estudiantes que representaban a los auto-convocados, de que no estaban en un diálogo sino en una especie de juicio con un gobierno sentando en el banquillo de los acusados, fue llevando poco a poco el diálogo derecho al patíbulo.

En Nicaragua, muchos clamamos por democracia, como si fuera un estado natural de las sociedades. Como si ese tipo de régimen político fuera la condición sine qua non para que todos pudiéramos ser seres humanos felices. Nada más alejado de la realidad. Pocas son las democracias que han acabado con la pobreza, con las desigualdades, con el machismo, con la violencia criminal, con la violencia de género, con la violencia de Estado y demás problemas sociales. Sin embargo, si entendemos la lucha por la democracia como un proceso voluntario, cívico y pacífico para alcanzar la auto-determinación de nuestro pueblo a través de la reconquista de nuestra soberanía política y territorial, entonces es nuestro deber organizarnos y defender nuestras ideas. Si el fin es crear un Estado de Derecho que nos garantice a todos nuestra dignidad y nuestra voz y proteja todo lo que vive y respira en este país, quiere decir que andamos por el camino correcto. Si además nos motivan la falta de confianza en los gobernantes, la falta de garantías constitucionales, el atropello a las libertades y la necesidad de una mejor representación política, entonces no solo andamos por el buen camino, sino también debemos redoblar nuestros esfuerzos para alcanzar nuestra meta.

En la situación de estancamiento en la que nos encontramos, podemos entender de forma empírica lo que significa la resiliencia de un pueblo. Por eso, no se vale criticar al que quiere seguir luchando por alcanzar sueños individuales en estos tiempos difíciles y desfavorables. Pero si hay una verdad que debemos entender, es que el sistema político sí condiciona la confianza que un pueblo tiene en su presente y la esperanza que tiene en su futuro. Por eso es que en esta crisis estamos perdiendo todos. Pierden y perderán los que se acomodaron y dieron su voto a un régimen que confiscó cada vez más poder, mandato tras mandato. Pierden y perderán también los que apostaron por la democracia y ahora bajaron los brazos, creyendo que bastaba con protestar masivamente para sacar a un gobernante, como si se tratara de un fruto maduro que cuando sacudís su rama cae por si solo. Si no pregúntenle a los chalecos amarillos en Francia.

Tal como lo comentó Javier Nart, el eurodiputado español que integró la comisión enviada para evaluar la situación de los derechos humanos en Nicaragua, nuestro pueblo es ético, patriótico y cívico. Si no, ¿cómo explicar el que seamos capaces de vivir en paz después de meses de confrontación y en medio de una persecución política que no acaba? La gente vive su vida, aunque lo haga de manera más reservada, más prudente y, a veces, con miedo. Entre vecinos se sabe cuando piensan distinto, pero no es una razón para matarse entre si. El riesgo que corremos es que, con el tiempo, si no nos democratizamos, nuestros valores tiendan a volverse más selectivos. En un contexto en el que los medios son cerrados o censurados, donde la mayoría de los nicaragüenses que se comprometieron con la lucha cívica están presos o exiliados, nos encontramos a merced de una ola de anónimos en redes sociales que aprovechan este vacío para difundir sus ideas tendenciosas. Es más, muchos de esos anónimos están incitando al odio y a la negación del otro. No todos, afortunadamente, puesto que sigue habiendo una mayoría con criterio que se toma la molestia de verificar la información y analizarla, o busca soluciones claras y escribe por una sociedad mejor. Advierto, no nos dejemos confundir por aquellos que nos quieren hacer creer que el pleito es entre izquierda y derecha. Aquí se trata de fundar un nuevo Estado de Derecho, donde todos alcancemos.

Marchar y luchar por valores como la democracia y la libertad no basta si no se sabe qué tipo de democracia o de libertad defendés. Por eso, te invito a que te hagás las preguntas siguientes: ¿cuál sería el modelo democrático que más beneficiaría a nuestro pueblo? ¿cómo es que este modelo podría cumplir un objetivo tal como impedir que Nicaragua vuelva a caer en la violencia política? ¿qué contra-poderes podemos imaginar para evitar el abuso de autoridad y proteger a nuestro pueblo y a nuestro medio ambiente? ¿Cómo fomentar la participación activa, la confianza, la alegría y la esperanza en nuestra sociedad? Un primer paso a favor de la democracia podría ser el de consultar a nuestra ciudadanía, desde los sectores más representativos hasta los grupos sociales más vulnerables e invisibilizados de nuestro país. Necesitamos que tome la palabra el ciudadano, que estos grupos escojan representantes, y que todos juntos nos pongamos a debatir sobre un proyecto de nueva Constitución. Los nuevos representantes se organizarían entonces en una Asamblea Constituyente y tendrían la misión de reconstruir a su país y sus leyes y restituirle a un pueblo su confianza en el presente y su esperanza en el futuro. Sin embargo, para que la Constituyente sea representativa, no solo deberá ser inclusiva con los grupos más desfavorecidos e invisibilizados, sino también deberá integrar a los representantes de partidos políticos jóvenes y a representantes de partidos históricos que tengan base militante e identidad política fuerte. Todo esto te puede parece utópico, pero la Constituyente sí ha sido el camino para muchos países latinoamericanos y, excepto raras excepciones, ha servido para consolidar Estados de Derecho más inclusivos y democráticos. En Propuesta Ciudadana apoyamos ese camino, y estamos convencidos de que la vía es no excluir a nadie ni negar al otro, sino integrar a todos y promover el debate y la participación ciudadana. Y si después de leer mi artículo y haberme soportado hasta esta última línea, sigue pareciéndote utópico todo esto, entonces recordá y disfrutá los versos esperanzadores del gran poeta y escritor Eduardo Galeano, y no olvidés no rendirte:

 

Qué tal si deliramos por un ratito

qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia

para  adivinar otro mundo posible

El aire estará limpio de todo veneno que no provenga

de los miedos humanos y de las humanas pasiones[1]

                                                                                  ….

 

[1]La utopia, Eduardo Galeano,