Manifiesto

Manifiesto

La historia política moderna de Nicaragua está llena de eventos que sembraron el desencanto que hoy cosechamos a regañadientes. Arados por una dictadura terca, una guerra entre hermanos financiada por potencias foráneas, una transición democrática torpe, un huracán de corrupción y ahora asistimos la siembra de una dinastía enraizada en árboles de metal; todo parece indicar que el ciclo es una profecía auto cumplida, de esas que se niegan al escrutinio y se vuelven costumbre irremediable.


Sí, Nicaragua también gozaba de la aprobación de las estadísticas, de un atractivo desempeño macroeconómico antes del estallido social de hace más de treinta años, era sólo apariencia. Esa estabilidad no nos sirvió de nada. Las cifras son hechizantes y consoladoras en papeles blancos, siempre que no sean rojas. Nuestras páginas están plagadas de pactos a espaldas del pueblo, con trágicos resultados de regímenes, tanto de derechas como de izquierdas; la historia nos pesa.


Quisimos limpiar nuestras casas ocultando el polvo de nuestros pies bajo las mesas donde compartimos el pan en la cena, bajo nuestras camas donde esperamos otro amanecer, dentro del closet que guarda nuestros miedos, donde no se puede ver, porque queremos creer que lo que no se ve no existe. Quisimos enterrar en la superficie el nepotismo, la corrupción, el totalitarismo, la opresión, la violencia, el engaño, la exclusión, la intolerancia, la saña contra el oponente, y sobretodo la falta de ética. Quisimos negar la transferencia de una cultura de miedo y silencio para ser felices, y así esperar, de forma ingenua y contradictoria, que una sociedad justa pudiera nacer de esa fingida felicidad.


Nos volvimos acumuladores desde entonces, arrastrando en silencio lo que no se ve, como condenados a una bola de hierro. Y con el paso del tiempo nos hemos inflamado el estómago de promesas incumplidas, de libertades excluidas, del egoísmo que sólo persigue su propio bienestar, sin importar que las piedras caigan sobre los techos que no tienen sostén. Quisimos levantarnos y volvimos a caer. Fallamos al conformarnos, porque nada nuevo y fuerte puede ser edificado sobre bases agrietadas. Nos conformamos con “lo menos malo”, con la “mano que ayuda aunque nos quite”. Nos conformamos creyendo que no se puede aspirar a una realidad mejor, a una sociedad justa y libre fundada en la verdad. Lo creímos imposible. Nos conformamos a creer que los políticos son seres de otro mundo a quienes se les debe obediencia sin queja. Nos conformamos a creer que eso es la paz. Nos resignamos a creer y ver lo que quieren que veamos y creamos. Y así intentamos convencernos de que no somos parte del problema.


Somos fruto del problema, parte del problema, pero también somos su solución. Ser sólo actores presenciales del deterioro de nuestro país será el reclamo de la historia que se reflejará en el padecimiento de nuestros hijos. Pero podemos rectificar, sólo estamos condenados a la profecía auto cumplida si no creemos que lo distinto es posible, y si no tratamos de contribuir, aún desde lo pequeño, a construir un sistema justo en igualdad para todos, cada uno forjando una nueva estructura que resista y transforme a la ya fallida.


Necesitamos creer que se puede hacer la diferencia. Lo distinto sí es posible. Transfiriendo ética, justicia, tolerancia, respeto a la dignidad humana e igualdad. Sí, otra Nicaragua es posible. Una República abierta, plural y democrática. No necesitamos otro estallido de violencia, ni otro huracán de corrupción, no necesitamos siembras de burla y nepotismo. No necesitamos repetir el ciclo. Necesitamos corregir. Necesitamos creer que se puede y querer que se pueda. Creer que se puede ser constructor de una nueva sociedad. Querer crear el cambio.


Nicaragua nos demanda la transformación que no hemos tenido la valentía de emprender desde hace muchos años, responsabilizándonos por nuestras acciones, por nuestras decisiones postergadas, por el silencio que no sólo nos engaña sino que nos mantiene postrados.


Sí, estamos cansados de falsas promesas de los otros, de los que viven gracias a la siembra del miedo, nos quejamos en silencio, pero la primera promesa a la que no se debe faltar debe ser a la tuya, a la mía, a la nuestra. ¡Juntos somos país!.


¿Qué estamos haciendo por el cambio? Nicaragua no es un sustantivo más; es una entidad que convulsiona, es un pueblo cansado de caminar descalzo en el campo y la ciudad, es el clamor de la esperanza, que sólo se hará realidad cuando juntos aspiremos a la libertad colectiva a través del respeto de nuestros ideales, a pesar de nuestras diferencias.


Creemos firmemente que la estructura política nicaragüense urge de una demolición y reedificación. Urge sanarnos para empezar de nuevo a través del compromiso. Podemos hacer el cambio. Y este cambio sólo procede de vos, de mí, de nosotros; de todos.


Testificando, como ciudadanos comprometidos al cambio, la gestación de una Nicaragua que aspira a la libertad, justicia y verdad. Un pueblo que promueve la alternabilidad, las libertades públicas y el derecho a la crítica y al debate abierto de las ideas.


Es tu propuesta, la nuestra: ser mejores ciudadanos para esta y las próximas generaciones, edificando una nueva República sobre principios éticos de honestidad, respeto, tolerancia e igualdad.

Esta es nuestra Propuesta Ciudadana