La cultura del diálogo para construir Democracia

La cultura del diálogo para construir Democracia

En un artículo de opinión publicado recientemente en este sitio, el joven Augusto Centeno, muy acertadamente, nos hace un llamado a la reflexión en cuanto a que el problema nicaragüense no tiene un origen ideológico, sino cultural. En ese mismo orden de ideas, hoy quiero abordar brevemente la carencia en nuestro medio de una verdadera cultura del diálogo y cómo afecta a nuestra capacidad de construir la democracia a la que supuestamente aspiramos.

Como punto de partida a esta nota de opinión tenemos que las diferentes organizaciones internacionales y organismos, que se han pronunciado con respecto a la crisis sociopolítica que enfrentamos, están ejerciendo toda suerte de presiones y sanciones para forzar una negociación que, en principio, algunos extremistas opositores y el gobierno rechazan. La expresión más reciente acerca de la necesidad del diálogo fue emitida en las conclusiones del grupo de eurodiputados al finalizar su visita a nuestro país la semana pasada.

¿Qué es el diálogo?

Derivada del latín dialŏgus, la palabra diálogo implica un discurso racional o el tratado (logos) del discurso. Es, en síntesis, una conversación entre personas o grupos de personas que exponen sus ideas con el fin de llegar a una conclusión común o acuerdo. Visto así, el diálogo podría definirse como el arte de confrontar ideas contrapuestas, exponiéndolas y comprendiéndolas para lograr una verdadera comunicación entre las personas. En este último sentido, es comprensible, entonces, la importancia que tiene el diálogo entre las personas miembros de un grupo social determinado para resolver sus diferencias, independientemente de la gravedad de las mismas. Es el diálogo permanente y constante el que puede permitir una convivencia social pacífica, estable y duradera.

¿Por qué se hace tan difícil el diálogo en Nicaragua?

En mis constantes reflexiones personales, que usualmente publico en las redes sociales, he señalado que los seres humanos tenemos una clara tendencia a la imposición de las ideas y creencias propias, una suerte de ánimo colonizador que se aprecia en todas las esferas de la vida social. Las prédicas religiosas desde los diferentes credos, las arengas ideológicas y aun la promoción de ciertos valores ecológicos, animalistas y de derechos humanos específicos tienden a pretender la captación de adeptos para las respectivas causas y/o creencias. Nicaragua, en este sentido, no es la excepción.

Hecha la aclaración antecedente, habiendo dejado claro que es absolutamente normal la intención de lograr una especie de “uniformidad” de pensamiento entre las personas, tengo también que decir que existen ciertas condiciones propiamente culturales que amplifican este, digamos, fenómeno. En la sociedad nicaragüense tiene aún un fuerte arraigo la influencia religiosa, específicamente la cristiandad, que impone una fe ciega e indiscutible a sus dogmas, en tanto en lo social prevalece el autoritarismo y la correspondiente obediencia a la autoridad. El sistema educativo nicaragüense reproduce y afianza un modelo autoritario del que incluso han sido desterrados de la educación superior el pensamiento crítico, la libertad de cátedra y la autonomía en todas sus manifestaciones.

Por otro lado, y más grave aún, en la tradición política nicaragüense las organizaciones o partidos se construyen no sobre la base de principios o ideologías, sino que en contraposición “del otro”. Quien no piensa como nosotros es, necesariamente, nuestro adversario y hasta nuestro enemigo. Es por eso que es tan difícil avanzar como sociedad, porque hasta el día de hoy nos ha sido imposible encontrar una ruta que nos permita identificarnos realmente como conciudadanos y conciudadanas, una ruta que nos permita construir una sociedad en la que se respeten las diferencias y que las mismas diferencias sirvan como materia prima enriquecedora en la construcción de un destino común de verdadero progreso.

¿Se puede dialogar con la Dictadura?

Si en un contexto de relativa paz los nicaragüenses no tenemos por costumbre acudir al diálogo para resolver nuestras diferencias, es comprensible que en un contexto como el actual la palabra “diálogo” a muchos nos parezca obscena. ¿Cómo vamos a dialogar con quienes han asesinado, secuestrado y sometido a tantos vejámenes a ciudadanos y ciudadanas que en la inmensa mayoría de casos solamente han expresado públicamente su inconformidad frente a esas precisas acciones del gobierno?

Con respecto a este punto Gene Sharp (ex agente de la CÍA, autor del libro “De la Dictadura a la Democracia) dice:

“… Es probable que los demócratas estén especialmente dispuestos a negociar cuando los dictadores evidentemente tienen la superioridad militar y cuando la destrucción, las víctimas y los perjuicios sufridos entre aquéllos ya no pueden soportarse más. Habrá entonces una fuerte tentación de explorar cualquier otra opción que pueda rescatar al menos algunos de los objetivos de los demócratas, a la vez que pone fin a un ciclo de violencia y contraviolencia… Cuando la dictadura es fuerte pero existe una resistencia irritante, puede que los dictadores deseen lograr la rendición de la oposición bajo la cobertura de ‘hacer la paz’… En semejantes conflictos, las negociaciones solamente podrán jugar un papel apropiado al final de una lucha decisiva, en la cual el poder de los dictadores haya sido destruido y estén éstos buscando pasaje seguro para llegar a un aeropuerto internacional…”.

Más allá del hecho de que al señor Sharp en realidad le importa un pepino la suerte de las personas que fanáticamente siguen sus recomedaciones, es razonable preguntarse cuándo es el momento apropiado o ‘el final de una lucha decisiva‘. En cualquier caso, tenemos que tener claro que la visión detrás de las posiciones de Sharp es la de la confrontación y que aunque supusiésemos que ese ‘método’ es fiable para derrocar dictaduras, no lo es para construir sociedades, mucho menos sociedades democráticas. Para no extenderme demasiado en esta nota te recomiendo leer este artículo relativo al ‘verano árabe’, a las secuelas de las tan aclamadas ‘revoluciones primaverales’, algunas de las cuales siguieron la línea marcada por Sharp.

En la Nicaragua de hoy al menos un 20% de la población sigue convencida de que vive en un proceso revolucionario y avala las acciones del FSLN, nos guste o no, y a un porcentaje similar el conflicto simplemente no le interesa o no lo ha comprendido. De continuar con las posiciones extremas del gobierno y un segmento opositor, la explosión social es casi inevitable… ambos extremos tienen que comprender que es imposible exterminar al otro sin desaparecer en el mismo proceso y sin destruir lo poco que queda rescatable en materia económica y de capital social.

Si de verdad perseguimos el ideal de construir una sociedad democrática en Nicaragua, la presente crisis sociopolítica exige de la ciudadanía nicaragüense activa ir sentando las bases para el establecimiento y promoción de una “cultura del diálogo”. La Unidad Nacional Azul y Blanco, la Alianza Cívica, las organizaciones de la Sociedad Civil, movimientos autoconvocados y los partidos políticos, viejos y nuevos, tienen que encontrar el mecanismo de concertación que nos permita un diálogo abierto, entre nosotros y frente a la población, para articularnos en una verdadera propuesta de cambio democrático que pueda proponer soluciones a la crisis y negociarlas, nuevamente en un diálogo, con el gobierno actual, es decir, con el partido en el poder y sus seguidores. No hay otra salida.